En homenaje amistoso a Annie Stora, cuyos trabajos sobre los cuestionarios de la República me inspiraron para este artículo

Mi padre, Jacques Ksiazenicer, nacido en Varsovia en 1925, murió en 2018 en la pequeña ciudad de las Ardenas donde pasó la mayor parte de su vida, mi ciudad natal. Llegados de Polonia a comienzos de los años treinta, sus padres habían abierto un pequeño comercio de ropa, y mi abuelo, a quien no conocí, hacía recorridos por el campo de los alrededores, al principio con una simple carreta de mano. Aparentemente estaban ya bien integrados a la vida local cuando estalla la guerra. Su naturalización era entonces muy reciente, datada en 1939. Mi padre, que aún hablaba polaco y yidis a su llegada, era en ese momento un joven adolescente que se confundía por completo en la vida tranquila de una pequeña ciudad del este de Francia, jugando al fútbol y yendo al cine con sus amigos, andando en bicicleta para ir a bañarse en los lagos de la región y conservando muy pocos recuerdos de su Polonia natal.

Sin ser mudo sobre el período de la guerra, mi padre solo evocaba rara vez algunos episodios que habían permitido a la familia escapar a la deportación. Buscaba siempre transmitir de preferencia el lado positivo de las cosas, su juventud, sus esperanzas de una vida mejor, el recuerdo de una excursión en bicicleta a Gérardmer justo en el momento de la redada del Vel d’Hiv, y había que escarbar más allá de su pudor natural para adivinar su frustración de adolescente al no poder ir al cine como los demás a causa de las leyes antisemitas de Vichy.

De ese período capital solo me han sido transmitidas migajas de recuerdos que envuelven hechos un poco más salientes dentro de una memoria familiar lacunar: el cruce de la línea de demarcación con su hermana Ida, un año menor que él, separados de los padres, que sin duda habían tenido miedo de delatarse por su acento y poner en peligro a sus hijos. El refugio en Mont-Dore, en Auvernia, luego la acogida clandestina en una granja del Indre, en casa de una antigua empleada doméstica, hasta el final de la guerra. Una vez más, dominaban en mi padre los recuerdos felices de su juventud, el aprendizaje del esquí o el cuidado dado a los caballos en la granja, a cambio de la subsistencia diaria y de un refugio relativo.

Finalmente, los cuatro miembros de la familia salieron sanos y salvos y retomaron el hilo de su existencia laboriosa en las Ardenas; el único verdadero drama fue la muerte de mi abuelo, algunos años más tarde, a los 50 años, de un infarto. Su corazón, según el informe médico, estaba completamente desgastado y se parecía al de un hombre muy viejo. ¿Fueron las pruebas de la emigración, de la guerra, de su responsabilidad como jefe de familia, en un contexto tan angustiante? Nadie puede realmente afirmarlo, pero así lo sentía mi padre, y su apego por su familia parecía querer compensar esa pérdida demasiado precoz de un padre, a los 25 años. Es ese apego familiar lo que siempre significó para mí su judeidad, al lado del sabroso acento de mi abuela y de los platos judíos que ella cocinaba para nosotros. Analfabeta, hablando mal el francés, ella apenas podía darnos datos precisos sobre el pasado polaco, salvo las pocas palabras de yidis que salpicaban las conversaciones y que atestiguaban el vínculo con el origen lejano, junto al apellido, que seguía siendo la piedra de toque de una forma de alteridad y que, por otra parte, era a menudo reemplazado por el nombre afrancesado de mi abuelo. Crecí con esa marca discreta de la diferencia, y solo aprendiendo yidis en la edad adulta pude nutrir de imágenes y de vida, por las palabras, la ausencia de huellas en que consistía para mí el origen judío de mi familia paterna.

La muerte de mi padre me dejó con pocas posibilidades de colmar esas lagunas; encontré algunas fotos, algunos papeles de identidad, muy poca cosa, finalmente, y la incertidumbre de ese no-saber parece más bien aumentar por la indecisión de los nombres propios, siempre diferentes de un papel oficial a otro. Leizer, Lejzov, Lelev, Lejza, Lev: ¿cuál era finalmente el verdadero nombre de mi abuelo, a quien todos llamaban simplemente Monsieur Léon? ¿Y mi abuela, nacida aparentemente en Nadany, Polonia, nombre que no logro encontrar en Google, tal vez deformado por la administración francesa, o tal vez es un pueblo demasiado pequeño para dejar una huella en internet? ¿Cómo saberlo?

Pero esa «invisibilidad» quizá no sea sino el reverso de un exceso de visible, o de audible, como justamente la dificultad para la mayoría de la gente de identificar o incluso de pronunciar mi apellido, que no es «típicamente» judío, pero que tampoco es completamente polaco. Se decía en la familia que era mi abuelo quien había hecho afrancesar el apellido de origen, y durante mucho tiempo lo creí, hasta que encontré en internet mi apellido tal cual, llevado manifiestamente por argentinos, y si fue modificado voluntariamente, mi abuelo no era pues el único responsable.

Es esa indecisión entre visible e invisible, entre estrategia asumida de integración en un «judío del campo» (dorfsyid en yidis, un personaje que se encuentra a menudo en la literatura del shtetl y que designa a un miembro aislado de la comunidad, viviendo en contacto estrecho con la sociedad circundante) y mantenimiento de una diferencia discreta pero inalienable, lo que me ha sido transmitido como único pasaporte hacia mis orígenes; pero se me apareció bajo una luz nueva cuando encontré, entre los escasos papeles de mi padre, la fotocopia de un documento oficial de la subprefectura, fechado el 20 de enero de 1942 y dirigido al alcalde del municipio. Su objeto es el de las «naturalizaciones», en realidad la desnaturalización de los judíos de origen extranjero, como descubro al leer el documento.

La primera página, mecanografiada, emana del subprefecto; las dos páginas siguientes, escritas a mano con algunas tachaduras, son la respuesta del alcalde. Este documento, conmovedor para mí, fue encontrado en los archivos de la ciudad y luego transmitido a mi padre. Yo conocía su existencia, pero es releyéndolo después de su muerte cuando adquiere a mis ojos toda su importancia.

He aquí la transcripción de la página oficial:

El Sr. Prefecto de las Ardenas me informa que la Comisión de Revisión de las Naturalizaciones ha expresado el deseo de obtener informaciones complementarias relativas a los nombrados KSIAZENICER Lejzov, nacido el 23 de mayo de 1901 en Varsovia (Polonia); y Hammer Héna, esposa KSIAZENICER, nacida el 8 de agosto de 1901 en Nadany (Polonia), domiciliados en VOUZIERS, anteriormente 27 calle Chanzy.

En consecuencia, le agradecería tenga a bien:

Darme todas las indicaciones sobre la conducta, la moralidad, las frecuentaciones, el modo de vida y las ocupaciones de los interesados;

Hacer producir todas las piezas justificativas relativas a los servicios militares cumplidos por el Sr. KSIAZENICER, en la Legión Extranjera o en los Ejércitos Aliados;

Informarme sobre la actitud de los interesados desde el punto de vista nacional y respecto a nuestras instituciones.

Indicar si son objeto de sospechas o de actuaciones judiciales; en caso afirmativo, a raíz de qué hechos (precisarlos);

Hacerme conocer su parecer motivado sobre el mantenimiento o el retiro de la nacionalidad francesa.

La respuesta del alcalde está, por supuesto, orientada por el cuestionario y tiende a «exculpar» a mi familia de todas las sospechas implícitas en la solicitud prefectoral. Conlleva, en consecuencia, una sobreexposición de las cuestiones «raciales», que tiende a invisibilizar a una familia manifiestamente bien integrada en la vida local, y de hecho a sustraerla, al menos momentáneamente, a la persecución. Al hacerlo, salvó sin duda en parte la vida de mis abuelos, pero paradójicamente les niega al mismo tiempo el anonimato que reivindicaban como su libertad de inmigrantes recientes, ansiosos de fundirse en el delicado tejido social de una pequeña ciudad francesa.

Da la fecha de su naturalización, el 21 de septiembre de 1939, obtenida sin duda en función del peligro que representaba ya en aquella época el estatuto de «judío extranjero», lo que en sí mismo es ya una prueba de su intento más bien logrado de integración. Certifica también su fecha de instalación en el municipio (en 1932), pero creo saber que residieron un cierto tiempo con miembros de la familia ya llegados a Francia antes de instalarse por separado en las Ardenas, y por tanto no sé exactamente con qué edad llegó mi padre a Francia: a veces decía a los 2 años, otras a los 4. De hecho, tal vez él mismo no lo sabía.

La defensa del alcalde es un calco preciso de las imposiciones antisemitas de la época, su visibilidad es deslumbrante a través de estas líneas que me golpean con toda su fuerza, como un rayo emanado directamente del pasado, volviendo su factualidad cegadora e hiriente. Me explico por qué mi padre intentaba con tanta obstinación invisibilizarse, hacerse «semejante», afirmándose al mismo tiempo judío en lo más profundo de sí mismo.

«En casa de Lejzov (llamado Léon) y de Héna (llamada Françoise), el tipo judío parece ser un accidente, pues ni el uno ni la otra tienen el faciès habitual que se encuentra entre los israelitas. Han sido necesarias las diversas ordenanzas del Ejército de ocupación para que los habitantes de Vouziers se enterasen de que Léon y su mujer eran de religión judía. Su carácter, su modo de vida, su modo de comerciar no tienen nada de judío. Hasta la pulcritud meticulosa en el orden de la vivienda, sobre sí mismos, sobre sus dos hijos, que podrían ser dados como modelo a muchos, todo, en una palabra, indica que no son, ni el uno ni la otra, judíos en el sentido muy a menudo dado por la lengua francesa».

Si tal es la «defensa» del extranjero, uno se pregunta cómo se expresaría la acusación, si por desgracia tal otra familia no hubiera sido tan escrupulosamente apegada a una apariencia cuidada. (Y de hecho, en las fotos, mis abuelos, mi padre, su hermana son más bien «elegantes»).

Al querer invisibilizarlos, el documento administrativo deja también percibir la peligrosa «visibilidad» judía, en esta época que ve acentuarse la persecución racial, ese giro decisivo del año 1942 que ha sido ilustrado recientemente por un documental notable en Arte.

El segundo punto, el de la «moralidad», es tratado con la misma brutalidad llena de «buenas intenciones»: «viviendo en familia sin frecuentaciones dudosas. Los dos hijos trabajan regularmente». De hecho, mi padre dejó la escuela tras el certificado de estudios a causa de la guerra y nunca la retomó después. Trabajó toda su vida en el negocio, pero en ese momento mis abuelos habían tenido que abandonar su vivienda y su comercio, y me pregunto cómo sobrevivían.

Un poco más adelante, la carta subraya que Léon «buscó trabajo, pues siniestrado al 100 %, no le quedaba nada, y los decretos tomados contra los judíos le habían impedido reinstalarse. No encontró nada, pues los empleadores posibles habían tenido sin duda miedo de las represalias gubernamentales». Es claramente «visible» aquí la responsabilidad del gobierno francés, junto a la mención precedente del Ejército de ocupación. La Historia se encarna en el archivo y su visibilidad pasa por la invisibilización de la víctima propiciatoria; su explicitación da testimonio de una mezcla de aceptación rutinaria del estado de excepción y de deseo arbitrario de sustraerle a un actor ocasional. Si mi familia escapó a lo peor, no ocurrió lo mismo con otras dos familias judías del municipio, que fueron, ellas, deportadas. Tal vez no supieron reaccionar a tiempo ante la amenaza y huir, pero tal vez tampoco gozaban de la misma «benevolencia» por parte de las autoridades municipales. En mi ciudad natal, una escuela maternal lleva hoy el nombre de Dora Levi, el de otra joven residente judía de 14 años deportada a Auschwitz con sus padres.

La carta reafirma luego el carácter inofensivo y apolítico de las actividades de la familia, y subraya, por contra, positivamente la implicación del jefe de familia en la Unión Comercial y en el club deportivo, en particular la asociación de fútbol «que le ha costado sacrificios económicos apreciables»: manera evidentemente torpe de contrarrestar el estereotipo del judío «rapaz» y de subrayar el compromiso social al lado de los miembros de la colectividad, pero que desemboca paradójicamente en una nueva visibilidad. Mi padre heredó esa preocupación de inserción social y siempre reivindicó esa forma de «notabilidad» en el seno de asociaciones profesionales o filantrópicas. La carta prosigue concluyendo que «sus colegas comerciantes de la ciudad han conservado (la cursiva es mía) con ellos las relaciones más cordiales». Y para coronarlo todo, la mención, demasiado bella para ser cierta, de que el retrato del mariscal Pétain preside el salón familiar, en la pequeña casa donde la familia fue realojada al regreso del éxodo (las Ardenas eran entonces «zona prohibida»). Una vez más, se trata de una «respuesta» directamente calcada del cuestionario y de las exigencias políticas del período «desde el punto de vista nacional».

Y la carta concluye, de modo muy afirmativo (pero uno se estremece al imaginar otras opciones): «En conclusión, y para responder a su última solicitud, estimo que la nacionalidad francesa puede mantenerse a esta familia, que podría ser dada en ejemplo a muchas familias francesas. El retiro de esta nacionalidad francesa, que han esperado con esperanza durante muchos años, causaría, estoy convencido, al uno y al otro, una pena infinita».

Además del hecho de que se puede encontrar bastante asombroso ese estilo administrativo casi florido, sorprende la indecisión de los marcadores y de las estrategias de visibilidad e invisibilización conjuntas en el contexto pervertido de la época. Una familia que solo pide ser confundida con los demás habitantes de la pequeña ciudad se encuentra repentinamente puesta a la luz de manera brutal y torpe, dada en ejemplo pero al mismo tiempo amenazada con lo peor, y escapando por los pelos, tal vez justamente porque el alcalde conocía y apreciaba a mi abuelo, ese judío que había sabido encontrar el camino de un cierto entendimiento con su entorno francés, pero que sin embargo no podía escapar al marcaje y a la estigmatización de la época.

Esta carta, si bien no me ha enseñado verdaderamente nada en el plano histórico, y si solo me entrega una imagen de mi familia filtrada (y, por supuesto, falseada) por los enunciados de la época (como esos comentarios de actualidades con voces tan reconocibles que se escuchaban antaño en el cine), me ha confrontado de manera muy frontal a la ignominia del período, que mi padre solo me transmitía de modo voluntariamente eufemizado. Al leerla, comprendí que la invisibilización, en el sentido de opresión y rechazo de la diferencia, se invierte de manera perversa en un precario juego de balanceo entre lo visible y lo invisible. Para mi abuelo, a quien incumbía la responsabilidad de salvar a su familia, hubo que jugar con habilidad y astucia para escapar a las múltiples trampas tendidas por la situación histórica: disfrazarse, él y su mujer, de pescador y de campesina para pasar la línea de demarcación, no ir a inscribirse como judíos al llegar a la zona libre, salvarse a tiempo, tanto de las Ardenas como de Mont-Dore, a menudo con datos recogidos junto a los pequeños funcionarios locales, e incluso de un soldado alemán probablemente ya advertido de la suerte de los judíos en el Este. La suerte fue que parecían más polacos que judíos, y que los niños criados en Francia no tenían acento. Su mismo grado de asimilación podía ser un factor favorable, como atestigua el «elogio» paradójico de aquello a lo que debía parecerse una asimilación lograda, producido por el autor del documento. Pero estamos solo en enero de 1942. Hoy se sabe que rápidamente ya no se haría ninguna distinción entre las distintas maneras de ser judíos, y que incluso los más «franceses» entre ellos pronto no tendrían ya ninguna oportunidad.

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