Es al último libro, y al más personal, de Simon Wuhl, publicado algunos meses antes de su muerte, al que está consagrado este artículo. El lector interesado por su obra encontrará aquí, al final, la lista de sus obras principales. Mi intención no era tratarlas.

Conviví con Simon Wuhl durante algunos años en el comité de redacción de Plurielles pero solo con la lectura de su último libro, autobiográfico, tomé la plena medida de la infinita tristeza que inauguró y marcó su existencia. Libro titulado Une mémoire personnelle marquée par la Shoah. Le judaïsme culturel en héritage (Una memoria personal marcada por la Shoá. El judaísmo cultural en herencia).

De su padre, no conoció más que el final, tal como se lo contó «hasta la saciedad» Rébecca, su madre, desde su adolescencia. Simon y Rébecca forman parte de los milagrosamente salvados del Vel d’Hiv [Velódromo de Invierno, lugar de la gran redada de judíos en París en julio de 1942]. Una nota de la prefectura de policía del 13 de julio de 1942 precisaba que los hijos de las mujeres de menos de dos años, «nacidos después del 1 de julio de 1940», serían perdonados. Ahora bien, Simon había nacido el 24 de agosto de ese año.

Este libro es una doble búsqueda, sobre su padre y sobre sí mismo. Y sobre los vínculos que podía tejer entre una juventud dolorosa, marcada por la Shoá, y un entorno no judío ocupado en otra cosa. «Vivía una contradicción al límite de lo soportable, donde la Shoá presente por todas partes a mi alrededor y en mí estaba completamente borrada, incluso ignorada por la sociedad francesa […] esta contradicción acompañándose de una barrera en mis relaciones con el mundo no judío, en el liceo por ejemplo, donde nadie, excepto los judíos, tenía conciencia de los acontecimientos ocurridos solamente una decena o una docena de años antes».

Evoca una segunda contradicción, la de la pertenencia a una cultura judía cuyo saber no poseía —Rébecca no le había transmitido los lineamientos de un judaísmo incluso laico—, y de la cual se sentía cruelmente separado.

Este libro expone pues una doble inmersión en el tiempo, una doble exigencia: la de encontrar, comprender, la historia de su padre Isacher, que esboza con los elementos de los que dispone, incluida la ficción, y la de exponer cómo construyó su identidad judía laica. ¿Qué es ser judío? no cesa de interrogarse a lo largo de toda su vida.

¿Quién era pues Isacher y cuál es, cuál puede ser la herencia de Simon, una herencia forzosamente transmitida por su madre, pues la mayor parte de su numerosa familia no había regresado de los campos? Solo sobrevivieron Rébecca y el hermano menor de Isacher, Shimshon, instalado en Israel en 1946.

Simon tenía cerca de 50 años cuando Rébecca le mostró cartas —cinco en total— que Isacher le había escrito, la primera desde Drancy (el 21 de julio de 1942), las otras cuatro desde el campo de Jawiszowice, uno de los campos de trabajo de Auschwitz. Estas cartas, enviadas durante el año 1943, estaban dirigidas a la portera del edificio donde habían vivido los Wuhl. Rébecca no las recuperó sino después de la guerra. La última carta data del 18 de julio de 1943.

No se sabe cómo murió Isacher. Simon comparte la idea de Bruno Bettelheim de que la ausencia de duelo, común a centenares de miles de judíos, hace que «el niño encierre el acontecimiento en una jaula de hierro interior, sin posibilidad de expresar sus sentimientos, lo cual es necesario para superar el dolor de la desaparición». «Por eso, escribe, al leer tardíamente estas pocas tarjetas postales, pude entreabrir mi jaula de hierro».

A partir de los recuerdos de Rébecca y Shimshon, Simon pudo aproximarse a la historia de su padre. Isacher y Rébecca se habían unido al movimiento sionista de izquierda y militaban en el Hashomer Hatzaír, Isacher en su ciudad polaca (Sambor) y Rébecca en la suya (Przemyśl). No hay fotos de Isacher, salvo algunas fotos de grupo donde se perciben «grandes ojos negros de mirada intensa» que tienen una semejanza, según Simon, con los de Franz Kafka. Cada vez que Simon cruzaba el rostro de Kafka, pensaba inevitablemente en su padre. La familia de Isacher era religiosa y tradicionalista, pero la joven generación se une al movimiento de secularización que caracterizó a una parte notable de la juventud judía antes de la guerra. Toda la familia desapareció en la tormenta. Solo Shimshon sobrevivió y, como muchos sobrevivientes aislados y sin referentes, llegó a la Palestina aún mandataria.

Rébecca vivía en un shtetl casi enteramente judío, situado en la periferia de Przemyśl, ciudad fronteriza con Ucrania hoy. A los 16 años, ella también se unió a un movimiento de juventud socialista, rompiendo con un padre jasídico. El yiddish era su lengua materna y experimentó, en Francia después de 1945, dificultades con el francés como muchos judíos polacos sumergidos inmediatamente en el trabajo a destajo. ¡Cuál no fue la sorpresa de Simon cuando asistió en 1987 a una conversación en yiddish entre Shimshon y su madre donde esta se expresaba con precisión y claridad —un habla volubil, vital, verdadera.

Isacher llegó a Palestina en 1929 con un grupo de amigos de Sambor; fue asignado a un kibutz al sur de Tel Aviv. Rébecca llegó a este kibutz algunos meses más tarde. Se unieron rápidamente, escribe Simon, militantes entusiastas «por el establecimiento del socialismo sobre la tierra de Israel en Palestina». De entrada, Isacher se enfrentó a un dilema: ¿había que reclutar trabajadores árabes en los kibutz? Hostil a toda discriminación, Isacher deseaba tanto más asociar a los árabes al proceso productivo del kibutz cuanto que percibía la revuelta de 1929 como preñada de un nacionalismo destinado a desarrollarse. Decide entonces unirse a la corriente comunista que reunía a judíos y árabes, pero, al hacerlo, se enfrenta a la vez a los británicos y a la Histadrut que no querían a los comunistas. Perseguido por la policía, no tuvo otra opción que partir.

Por lo demás es el caso de cierto número de militantes judíos comunistas polacos y no de los menos importantes, Leopold Trepper por ejemplo. Al unirse al Partido Comunista palestino, Isacher había roto con el sionismo. Pero el sectarismo de este partido, dirigido desde Moscú, no le convenía y conservaba siempre, según Rébecca, una atención benévola por el sionismo democrático (había dejado Polonia por eso) y la cultura yiddish encarnada por el bundismo. Es seguro que Rébecca, venida a Palestina para construir una vida en kibutz, veía con malos ojos el camino procomunista de Isacher. Lo cierto es que la pareja, atraída por la experiencia concreta del Frente Popular, decide partir hacia Francia en el otoño de 1936 después de su matrimonio. ¿De dónde saca Simon toda esta información sobre las elecciones de su padre? Por una parte de Rébecca, pero esta solo las dosificaba con parsimonia, por otra parte, de su imaginación.

Apenas se sabe cómo vivió la pareja desde la llegada a Francia hasta el primer arresto de Isacher en 1941. Seguramente atravesó la gran precariedad que conocieron los judíos polacos, comunistas o no, en esos años: numerosos testimonios lo atestiguan, en particular el documentado por Ivan Jablonka sobre sus abuelos. Pero Simon no busca las huellas parentales que localizó Jablonka, expone el contexto (el auge del antisemitismo, del fascismo, etc.) apoyándose en particular en los escritos de Marc Bloch o de Michel Winock. ¿Quizás habría encontrado huellas en los archivos de la Prefectura de policía? Me hubiera gustado hacerle estas preguntas.

Se sabe que Isacher efectuó un trabajo administrativo en el Comité Amelot, que dependía de la OSE [Œuvre de secours aux enfants, organización judía de ayuda a la infancia]. Redes de ayuda clandestina funcionaron entonces al seno de este comité: Isacher es arrestado en mayo de 1941 y enviado al campo de Beaune-la-Rolande del cual se evadirá. Formaba parte del primer contingente de judíos extranjeros internados en los campos del Loiret, el llamado del «Billet vert». Simon Wuhl no nos dice en qué circunstancias se produjo este arresto; manifiestamente Rébecca no se lo dijo.

Gracias al Mémorial de la déportation des Juifs de France (Memorial de la deportación de los Judíos de Francia) establecido por Serge Klarsfeld en 1978, Simon pudo saber que su padre había sido llevado del campo de Drancy hacia Auschwitz el 22 de julio de 1942 en el convoy n°9. «Serge Klarsfeld, escribe, es como yo el “hijo de un deportado asesinado en Auschwitz, habiendo él mismo escapado por milagro a la rampa de Birkenau”. Por eso, puedo imaginar el trauma que tuvo que superar para llevar a término semejante trabajo.» Como tantos otros judíos, Isacher no podía imaginar que las mujeres y los niños pudieran ser deportados.

Rébecca y Simon fueron tomados a cargo por las redes de ayuda (Comité Amelot y OSE) y ocultados en casa de habitantes en la zona Sur, pero los recuerdos de Rébecca eran difusos: no pudo indicar cuál de estas organizaciones los había socorrido. ¿Quizás el Comité Amelot donde Isacher había sido registrado? Imagino entonces a Rébecca, escribe Simon, completamente desamparada y en lágrimas, sin saber qué hacer con su bebé de dos años, golpear a la puerta del 36, rue Amelot.

Lo que Simon pudo obtener de la memoria de su madre, es que había estado muy enfermo en 1942/1943 y que había realizado varias estancias en establecimientos hospitalarios. En 1945, la madre y el niño regresan a París.


Después de la guerra, Rébecca no estaba en condiciones de criar a Simon. Pasará seis años en tres casas de acogida afiliadas al Bund (en Le Mans, en el sanatorio de Brunoy y en el hogar de niños conocido como «Champsfleur» en Maisons-Laffitte). Fueron años difíciles a pesar de los esfuerzos desplegados por los responsables del orfanato para superar las angustias de estos niños judíos. No tiene ningún recuerdo de los dos primeros («[esos recuerdos] permanecen encerrados en mi jaula de hierro»). Volviéndose hacia esos años de la primera infancia, Simon escribe: «No logro verme de otra manera que como un niño profundamente triste, incluso depresivo, incapaz de sentir alegría o el menor deseo, ni siquiera el de ver a mi madre que venía a visitarme de vez en cuando los domingos». Piensa que era depositario, probablemente inconsciente durante la infancia, de una carga que lo paralizó durante mucho tiempo. Es a los nueve-diez años, piensa, en el hogar de Champsfleur, cuando su vida comenzó. Es allí donde tuvo un primer contacto con la cultura yiddish. Precisa que tuvo entonces una suerte de brusca «revelación» íntima de un encuentro con su propia cultura, con Sholem Aleichem en particular y su héroe Tevye el lechero.

En el verano de 1951, Rébecca decidió mudarse con su hijo a un pequeño apartamento en la rue Charlot en un barrio «de fuerte concentración judía asquenazí después de la guerra» (Simon). Durante nueve años, prácticamente no había vivido con su madre. La coexistencia ciertamente no fue fácil, Simon quizás lo deja entrever. Numerosos son los casos de este tipo, así como la difícil salida de guerra para estas mujeres judías, a menudo viudas. El apartamento era frío, solo había una estufa (en el salón) y un punto de agua (en la cocina). Cada semana, la madre y el hijo iban a los baños-duchas municipales. Es como sociólogo que Simon describe sus condiciones de existencia. Desprovista de verdadero oficio, Rébecca trabajaba en la venta de ropa confeccionada en el mercado del Carreau du Temple, actividad agotadora: «Se levantaba a las 5 de la mañana todos los días excepto el lunes». Nunca estaba plena, con momentos de depresión y de lágrimas. Las fiestas judías no eran celebradas. Rébecca decía: «Después de la Shoá, no tengo el corazón para celebrar nada». (Probablemente no decía «Shoá», sino «Hurbn»). Ya no tenía gusto por vivir.

Pero sin embargo se decidió a introducir un hombre en su vida, un hombre al que Simon, que tenía catorce años entonces, detestó de entrada, al que siempre trató de usted, aunque este hombre fuera él mismo un sobreviviente, originario de Galitzia, y un antiguo de las Brigadas Internacionales. Simon tuvo un inicio difícil, pero un maestro supo motivarlo suficientemente para ayudarlo y propulsarlo hacia la excelencia. Simon trepó desde entonces distintos escalones escolares y luego universitarios después de dejar la casa. Después de un doctorado en física en 1966, bifurcó hacia las ciencias sociales, ejerciendo una actividad de investigador y de experto reconocido (política de la ciudad, política social en particular).

Luego, hizo en cierto modo retorno sobre su identidad judía, trabajando la cuestión del judaísmo cultural al cual consagró publicaciones importantes, en particular en Plurielles.

Simon Wuhl, un espíritu muy riguroso

Volviéndose (¿o vuelto?) un hombre libre, Simon mantiene sin embargo siempre una fuerte culpabilidad respecto a su madre tanto más cuanto que la relación con su compañero se había degradado. «Un día, escribe, a principios de la primavera de 1970, su compañero había roto un silencio de quince años con una llamada telefónica a las 7 de la mañana: Rébecca había hecho una tentativa de suicidio arrojándose por la ventana […] del 3er piso del apartamento de la rue Charlot». Cayó sobre una claraboya y escapó.

La culpabilidad nunca abandonó a su hijo.

Para concluir, esta cita de Simon:

«Imaginaba, antes de abordar la escritura de mi libro, que la confrontación sin rodeos con las condiciones del destino trágico de mi padre me dejaría sumergido por la angustia de la impotencia. Considerando el tiempo que me hizo falta, no para extraerme del control insuperable de las consecuencias de la Shoá, sino para mantenerla al menos un poco a distancia, prefería dejar encerrada la tragedia de Isacher en la “jaula de hierro”, en lo más profundo de mí. Temía que la apertura brutal de la caja provocara efectos incontrolables, sumergiéndome en esa suerte de estado depresivo que me era familiar en mi infancia y una parte de mi juventud.

Ahora bien, es lo inverso lo que se produjo: al reconstituir no solamente los hechos, sino igualmente las ideas, las esperanzas y los compromisos que dieron un sentido tan rico a la breve existencia de mi padre, tengo la impresión apaciguante de reencontrar mi lugar al seno de mi historia familiar; y, por este intermediario, de inscribirme en la gran Historia pluralista del pueblo judío».

Libros de Simon Wuhl

Sobre el empleo, la exclusión, la justicia social:

Sobre el judaísmo:

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