Desde comienzos de 2023, Israel está en crisis. La prensa ha subrayado a menudo el hecho de que el actual gobierno de Binyamin Netanyahu es el más a la derecha en la historia del país. Es sobre todo el más religioso. Nunca hubo tantas kipás en la Knéset, ni tan pocas mujeres en el gobierno.

El regreso del bibismo

El bibismo, ese batiburrillo ideológico hecho de nacionalismo exacerbado, religiosidad invasiva y obsesiones liberticidas, no es más que la espuma sobre la ola que desde hace tiempo arrasa una sociedad que nunca ha encontrado su equilibrio y no parece próxima a alcanzarlo.

Las elecciones del 1.º de noviembre de 2022, o el fin de las ilusiones

Desde la toma de posesión del sexto gobierno Netanyahu, el 29 de diciembre de 2022, numerosas iniciativas apuntan hacia lo que el Estado judío corre el riesgo de convertirse: un país dominado por el colonialismo, el oscurantismo, obsesionado con una manifestación de la identidad judía reducida a una práctica religiosa sinónimo de ortodoxia.

Hace apenas un año la situación era muy distinta, al menos en apariencia. Durante dieciocho meses, un «gobierno del cambio» dirigido primero por Naftali Bennett y luego por Yaïr Lapid logró la hazaña de reunir una coalición imposible: tres partidos de derecha, dos de izquierda, dos de centro y un partido árabe, islamoconservador por añadidura. Pese a su carácter heteróclito y a su exigua mayoría (¡un voto en la Knéset!), este gobierno trabajó con seriedad y emprendió reformas difíciles, en particular en materia de relaciones entre el Estado y la religión (reforma de la cashrut, proyecto de reforma de las conversiones, reducción de los privilegios otorgados a los ultraortodoxos…). Este gobierno del cambio se aplicó sobre todo a reparar los daños causados por sus predecesores: restablecimiento de la confianza en las relaciones con Estados Unidos y la diáspora, atención a las necesidades de la comunidad árabe. Este gobierno administraba el país con profesionalismo: el ministro de Finanzas (Avigdor Liberman), cuando hubo de dejar su cargo, dejó en las arcas del Estado 10 000 millones de séqueles de excedente. ¡Ay! El acoso incesante del Likud terminó por provocar la deserción de diputados de derecha y el cierre de aquel paréntesis encantado. Pero los datos coyunturales no pueden ocultar las razones profundas de la caída del gobierno Bennett-Lapid: tendencias que actúan desde hace tiempo en la sociedad israelí.

Esperando al Mesías

Desde 1967 y la victoria de la Guerra de los Seis Días, un grupo muy militante y muy a la derecha, surgido del sionismo religioso, pretende asumir una «misión sagrada»: el poblamiento de los territorios conquistados por los judíos «de regreso a la tierra de sus antepasados». Apoyado en una coherencia ideológica —«El pueblo de Israel, la tierra de Israel, la Torá de Israel»—, esta corriente se ha impuesto. Primero sobre el terreno: en 2023, solo en Cisjordania, 132 colonias «legales» y un centenar de «puestos avanzados ilegales» reúnen a medio millón de judíos en esta región del «Gran Israel». La administración civil y (en parte) militar de estos territorios ha sido confiada a los ministros más extremistas: el mesianista Bezalel Smotrich y el supremacista Itamar Ben Gvir, quienes han tomado medidas que facilitan la legalización de colonias «salvajes» y la construcción de nuevas viviendas en toda «Judea y Samaria». El objetivo es transparente: reforzar la anexión de facto con la meta de un millón de judíos en estos territorios, para llegar a una anexión de jure de Cisjordania. Desde ya, este colonialismo que no se atreve a decir su nombre dicta en gran parte la agenda política, las opciones presupuestarias, la situación militar, y provoca una degradación sin precedentes de las relaciones con Estados Unidos. Last but not least, una ola de atentados refleja sobre el terreno un repunte de tensión, la marginación de la Autoridad Palestina y el auge de Hamás y de la Yihad Islámica. En otras palabras, el gran proyecto del sionismo mesianista debilita al país y contribuye a su marginación en la escena internacional. Pero este movimiento tiene la demografía a su favor: con cuatro hijos en promedio (seis en Cisjordania) por mujer perteneciente a esta corriente, los partidos de Bezalel Smotrich y de Itamar Ben Gvir tienen un porvenir electoral asegurado.

Otra población crece con fuerza: los ultraortodoxos, con casi siete hijos por mujer, representan ya el 12 % de la población. La oficina central de estadísticas (el INSEE israelí) trabaja con la hipótesis de una comunidad que representaría el 20 % de la población total en 2040 y el 32 % en 2065 (es decir, el 40 % de la población judía). Su peso político se ha incrementado en consecuencia: en la primera Knéset elegida en 1949 había 5 diputados ultraortodoxos. Hoy hay 18 (sobre 120). Estos partidos han girado a la derecha porque las mayores colonias de Cisjordania son ciudades ultraortodoxas (Modiin Illit y Betar Illit), y por una oposición feroz a todo cuestionamiento de sus privilegios adquiridos (interrupción del transporte público en sabbat, exención del servicio militar para los estudiantes de yeshivá…).

Este Estado judío mesiánico es (todavía) minoritario, pero ha encontrado aliados fieles en el Segundo Israel, que ha cambiado la fisonomía del país.

La frustración y la revancha

La expresión «segundo Israel» apareció en los años sesenta, tras la inmigración masiva de judíos de Oriente (Mizrahim, orientales), aquellos sefardíes que abandonaron por las buenas o por las malas Irak, Yemen, Egipto, Marruecos o Libia, y que rápidamente representarían (con sus descendientes) la mitad de la población israelí. Su sionismo era más religioso y mesiánico que el nacional y político del primer Israel. Los asquenazíes venidos de Europa habían construido un país que se quería socialista: los kibutz, la Histadrut (central sindical), las cooperativas y multitud de instituciones y empresas de la «economía obrera» estaban dirigidas por los laboristas y sus aliados. David Ben Gurión y los suyos no escaparon a las derivas clánicas y sectarias propias de todo partido que domina durante largo tiempo la escena política. El choque entre los dos Israeles era inevitable. Las diferencias de niveles socioeconómicos, de culturas, se vieron agravadas por prácticas discriminatorias contra los recién llegados. Los libros de historia, la prensa, la literatura o el cine abundan en relatos sobre los traumas sufridos por esos sefardíes —los «marroquíes» sobre todo— que a menudo se sintieron extranjeros en el país de sus sueños, esa «Tierra Prometida» donde los padres fundadores del sionismo querían realizar la «reunión de los exiliados» (kibutz ha-galuyot). Sarcasmos y discriminaciones en el empleo y la vivienda fueron vividos por cientos de miles de familias como otras tantas marcas de desprecio hacia sus orígenes y su fidelidad a la religión. Con el correr de los años, sin embargo, las disparidades entre los dos Israeles se atenuaron. Así, las brechas salariales que alcanzaban el 30 % en 1987 ya no eran más que del 10 % en 2019. Diferencias más amplias (aunque no cuantificadas) subsisten todavía en ámbitos como la universidad, la prensa o la dirección de las grandes empresas. De hecho, solo una minoría quedó al borde del camino. Muchos sefardíes han triunfado de modo notable, y no solo en el fútbol o la canción. Entre las mujeres, cabe citar a las brillantes exministras Merav Cohen y Karine El-Harrar, o a la añorada Ronit Elkabetz, actriz y directora que hizo brillar las estrellas del cine israelí en el cielo del séptimo arte. Pero el relato sefardí sigue centrado en las discriminaciones sufridas. Sin ser rencorosos, los interesados no son amnésicos, y apoyan masivamente a la derecha, a la que juzgan más comprensiva que una izquierda que no supo acoger a sus familias como era debido. La revancha sigue librándose en las urnas. Más de cincuenta años después del vuelco (maapakh, 1977) que llevó a la derecha al poder, es en las localidades del Segundo Israel donde Binyamin Netanyahu dispone de reservas electorales. El 1.º de noviembre de 2022, una mayor movilización del electorado en las ciudades de desarrollo (Beit Shean, Dimona, Sderot…) aseguró a los aliados del jefe de la derecha, y en primer lugar a Itamar Ben Gvir, los escaños que permiten a la coalición actual disponer de 64 votos en la Knéset.

Los religiosos mesiánicos, los ultraortodoxos y los sefardíes pobres tienen finalmente pocas cosas en común, salvo en negativo: detestan a la izquierda, a la prensa, a las élites en general. Una de sus bestias negras es el sistema judicial, y sobre todo la Corte Suprema, que estaría en manos de la burguesía asquenazí, laica y de izquierda. Esta detestación es compartida por los miembros más a la derecha de la coalición.

Cambio de régimen

Pierre Mendès-France lo había dicho bien: «La democracia es ante todo un estado de ánimo». Su contrario, también.

La reforma judicial

Menos de una semana después de la toma de posesión del sexto gobierno de Binyamin Netanyahu, el 30 de diciembre de 2022, el ministro de Justicia, Yariv Levin, presentaba su gran proyecto, una vasta reforma del sistema judicial fundada en tres pilares: la introducción de una «cláusula de elusión» que permite a la Knéset no tener en cuenta el control de la constitucionalidad de las leyes ejercido por la Corte Suprema; una reforma de la comisión de nombramiento y promoción de los magistrados en la que el poder ejecutivo dispondría de una mayoría automática; la supresión del «principio de razonabilidad», impidiendo así al juez censurar una disposición legislativa o administrativa inapropiada. Pues en el mundo de Binyamin Netanyahu y de Yariv Levin, las únicas decisiones legítimas son las de la mayoría gubernamental designada por el sufragio universal. En otros términos, la reforma del sistema judicial conduciría a concentrar todos los poderes en las solas manos del ejecutivo. Esta revolución institucional sería la primera de toda una serie de iniciativas en el sentido de una restricción de las libertades: libertad de conciencia (monopolio del Gran Rabinato sobre todos los aspectos de la vida judía); libertad de las minorías (legalización de prácticas discriminatorias contra personas árabes o LGBT…); libertad de prensa (supresión del canal 12, de los servicios informativos de la radio y la televisión públicas)…

La administración estadounidense, los gobiernos europeos, la mayoría de las comunidades judías de la diáspora han alertado al gobierno israelí sobre las graves consecuencias de su programa: descenso sensible de las inversiones extranjeras, del turismo, del séquel. Los riesgos rebasan ampliamente la esfera económica. El fuerte deterioro de la imagen del país afecta incluso a su estatus en la comunidad internacional. Ante la Corte de La Haya, los demandantes contra los abusos de israelíes en los territorios palestinos ya no podrían ver rechazada su queja con el argumento de que la independencia de la justicia del Estado judío basta para garantizar la sanción de todos los abusos. Más en general, el apoyo de los occidentales a «la única democracia de Oriente Próximo» podría declinar, en tanto Israel se esfuerza ahora por figurar entre los buenos alumnos de la Internacional populista.

Una protesta multiforme

La expresión más destacada del período es la manifestación, ya tradicional, que cada sábado por la noche reúne a cientos de miles de israelíes en el bulevar Kaplan de Tel Aviv y en decenas de otras localidades. El proyecto de reforma del sistema judicial, percibido por sus opositores como un cambio de régimen, moviliza a jóvenes y menos jóvenes, médicos, juristas, docentes, artistas… La crisis llega al ejército con una revuelta de reservistas que se niegan a servir a «un régimen dictatorial». La jerarquía militar es también abiertamente criticada por miembros de la coalición, situación inédita. Privada de una parte de su capacidad ofensiva y del apoyo unánime que constituían su fuerza, Tsahal podría conocer por primera vez una derrota militar. Tanto más cuanto que las tensiones en la frontera norte hacen temer una confrontación con Hezbolá. La protesta bien podría no limitarse a los reservistas. A finales de agosto, estudiantes de secundaria escribieron a las autoridades para comunicarles que rechazaban la conscripción, en razón de su oposición a la reforma judicial, pero también a la ocupación (de los territorios).

Pues, en lo sucesivo, las manifestaciones expresan muchas otras oposiciones que la dirigida a la reforma del sistema judicial. Incidentes en el transporte provocados por ultraortodoxos hostiles a la presencia de mujeres en «sus» autobuses, sobre todo cuando no están suficientemente vestidas, han mostrado de cerca los riesgos de una separación entre sexos en el espacio público. Esta tendencia, que no es nueva, contribuye a una fuerte movilización del público femenino en las manifestaciones. A imagen de Shikma Bressler, auténtica figura del movimiento, numerosas mujeres se comprometen y crean organizaciones específicas, como la de las madres de soldados que denuncia la no conscripción de los jóvenes ultraortodoxos. Se recordará que en los años noventa el movimiento de las «Cuatro Madres» (Arbaa Imaot) había desempeñado un papel decisivo en la movilización de la opinión pública a favor de la retirada del ejército israelí del sur del Líbano. ¿Sucederá lo mismo hoy? En cualquier caso, hay que señalar que, con el paso de las semanas, la protesta se extiende a nuevos temas: el apoyo a la comunidad etíope, una de cuyas familias fue víctima de una discriminación judicial, la crítica de la inacción del ministro Ben Gvir frente a la criminalidad que gangrena las localidades árabes… Se habrá comprendido: la protesta no flaquea porque es la de toda una población que entiende defender una cierta concepción de la libertad y de la justicia con una gran consigna: ¡Demokratia! En términos más prosaicos, esos israelíes se niegan a ver su modo de vida dictado por el verdadero vencedor de las elecciones del 1.º de noviembre de 2022: el oscurantismo. Este movimiento ya ha obtenido éxitos: anulación de la destitución de un ministro de Defensa (Yoav Galant), reducción del alcance de la reforma judicial a dos proyectos de ley… Pero nada asegura que logre reparar el desgarro de la sociedad israelí, que alcanza un nivel tal que en la prensa y las conversaciones se evoca cada vez más la idea de una federalización del país. Este se dividiría en dos cantones: Israel para los «laicos» y Judea para los «religiosos». Los ideólogos de tan brillante idea contemplan incluso, en su gran bondad, la posibilidad de crear un tercer cantón para los dos millones de árabes israelíes, a los que podrían sumarse los aproximadamente tres millones de palestinos de Cisjordania y de Jerusalén. Esta visión del futuro del país tiene una virtud, la coherencia, pero un defecto: es irrealista. En el nuevo reino de Judea, una economía lastrada por el bajo nivel de cualificación y de empleo privaría al cantón de los recursos necesarios para su funcionamiento, y a la Federación, de contribuciones a las cargas comunes. Un acuerdo de los árabes sobre su reagrupamiento en un tercer cantón de una federación dominada por los judíos implicaría renunciar a su sueño: la creación de un Estado palestino.

En los años venideros, la mayoría de los quince millones de judíos que se cuentan en el mundo vivirá en Israel. Este éxito cuantitativo del sionismo no puede hacer olvidar el fracaso del proyecto en su dimensión cualitativa: dos Israeles se hablan cada vez menos y se soportan cada vez peor. Como en las parejas viejas, cada uno, exasperado, termina incluso por encontrarle al otro defectos que no tiene. Lo cual nunca es buena señal.

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