Fue hace mucho tiempo, conservo de aquel momento un recuerdo brumoso. ¿Fue en el último año de la escuela primaria? ¿En el primero del colegio? Al mirar la fecha del decreto de la Préfecture de police en el libro de familia de mis padres, hice el cálculo: tenía once años. Y el acontecimiento ocurrió a mediados del año escolar.

Aquel día, en el aula, el profesor, como cada día, pasó lista. He olvidado los nombres de mis compañeros de clase quienes, al enunciar el suyo, respondieron uno tras otro «¡presente!» levantando el dedo. Pero recuerdo que ante la mención de un apellido, repetido varias veces por el profesor, nadie respondió. Hasta que el docente se volvió por fin hacia mí: «¿No puede usted responder cuando la llaman?». Aquel apellido desconocido era el mío. Un apellido completamente nuevo, cuyos contornos aún no había aprendido a reconocer y cuyos sonidos no habían entonces despertado ningún eco en mí.

Me acostumbré rápidamente a aquel apellido, elegido por mi padre al mismo tiempo que obtenía la nacionalidad francesa, sin nostalgia alguna por el apellido de mis ancestros. Era insípido, sin historia, pero se había convertido en el mío y tenía la gran ventaja de permitirme moverme de incógnito por las esferas más diversas de la sociedad. Nuestro padre lo había elegido para protegernos de una identidad cuyos peligros él había experimentado. Y así es como lo viví, como una protección; pero también como una máscara que me permitía jugar a mi antojo, según las situaciones y según los interlocutores, con lo que deseaba —o no— revelar de mí. Amaba y sigo amando esa plasticidad que me da la posibilidad de escapar a toda asignación identitaria inmediatamente reconocible; por puntual y superficial que sea esa libertad.

Pues la vida no se ha privado de hacer resurgir a mi pesar esta pertenencia disimulada, a veces de manera cómica, a veces incómoda. Tampoco he perdido nunca de vista que un día podría resurgir de manera trágica, no siendo las máscaras más que finas envolturas prestas a ser desgarradas. Sobre todo porque una parte de mi vida ha estado paradójicamente consagrada a escribir sobre el judaísmo. Es esa parte de juego al escondite entre lo visible y lo invisible la que quisiera intentar perfilar aquí.

El primer recuerdo que conservo se remonta sin duda al año que siguió a nuestro cambio de apellido. Mi padre (cuyo acento no puede dejar imaginar ni un instante que sea francés) había recibido, a su nuevo nombre, una tarjeta de la mairie de nuestro distrito presentándole sus mejores deseos por el Año Nuevo judío. Apenas oculto, ya identificado. Concibió de ello una violenta cólera que lo llevó a escribir, creo, a la mairie para pedir no recibir nunca más tales correos. Empezaba mal.

Mi vida de adolescente y luego de joven mujer transcurría, aparentemente, muy lejos de toda preocupación de este orden. Los estigmas de la guerra, principal indicio de pertenencia en mi familia, ciertamente acechaban el espacio de la casa, pero fuera de mi hogar, podía vivir desprovista de esa pertenencia íntima. No que ésta me avergonzara o me asustara; simplemente no me gustaba que prevaleciera en mi relación con el mundo. Y desde entonces, siempre he vivido así.

Curiosamente, fue por parte de la familia de mi primer novio (¡de origen judío polaco!) que experimenté el primer sentimiento de intrusión. Estábamos de vacaciones en el sur de Francia y mi novio había deseado presentarme a una rama lejana de su familia que residía allí. Esos tíos y tías lo ignoraban todo de mí, pero apenas habíamos cruzado el umbral del apartamento y mi apellido había sido pronunciado a modo de presentación, cuando todos, instantáneamente, gritaron al unísono mi «verdadero apellido». Ninguna malevolencia en este impulso, sólo un reconocimiento inmediato, una complicidad bienintencionada, que más bien hacen sonreír pero que en aquel momento suscitaron en mí un profundo malestar.

He detestado, y sigo sin gustarme, que esta identidad sea puesta al desnudo a menos que tome yo misma la iniciativa. Porque corresponde sin duda a lo más íntimo, un íntimo que una forma de anonimato había preservado de ser expuesto a todos los vientos. Pero también, lo formulé más arriba de otra manera, algo en mí repugna a esta forma de asignación que me parece demasiado estrecha para abarcar el vasto mundo.

En la era de las redes sociales, donde vida privada y vida social se mezclan sin distinción, me ha ocurrido que amigos me envíen amablemente de manera pública el vídeo de una canción yiddish, un artículo relacionado con la vida judía. Les agradezco que hayan pensado en mí pero siento una incomodidad porque un indicio de lo que soy sea así entregado a la vista de todos. Pues son numerosos los vínculos que he tejido que en nada conciernen a esta identidad, y que deseo se mantengan fuera de este campo.

Cuando era productora en Radio France, un episodio —esta vez en la vida real— iba a revelar en público a la pequeña niña judía que algunos antaño habían conocido bien. Encargada en el seno de mi programa de todos los libros relativos a Rusia y a la antigua URSS, presenté aquel día un debate crítico en torno al Libro negro de Iliá Ehrenburg y Vasili Grossman en el estudio 105 de la Casa de la Radio. Visto el tema del libro, que trata del exterminio de los judíos de la URSS durante la ocupación nazi, numerosos judíos estaban sin duda presentes en la sala. De lejos había reconocido a algunos que habían trabajado en el Sentier con mi padre. Por eso, terminado el debate, había ido a saludarlos. No había previsto que esos saludos darían lugar a intempestivas exclamaciones, esos viejos confeccionistas interpelándose unos a otros con un fuerte acento yiddish para informar a los que lo ignoraban de quién era mi padre. «¡Es la hija de Siguy, calle del Cairo!», «¿Y cómo está tu padre?», «¿Sigue teniendo la tienda?», «¿Y los geshefts (los negocios), van bien?». Era un barullo alegre y cálido, encantados todos de reencontrarse con la hija de su viejo amigo al mando de un programa de radio. Por mi parte, ante mis colegas de la radio, había pasado en el lapso de tres segundos del estatus de productora en France Culture al de niña del Sentier. Desde las rigideces de mi juventud, había envejecido. Aquel momento me conmovió, me emocionó. Quizás sea porque develaba, no tanto una pertenencia identitaria como el mundo de la infancia sin más. Había algo sabroso en retomar contacto, en aquel contexto, con esa infancia enterrada, por todos nosotros invisibilizada por nuestro personaje social.

Al rememorar estas palabras de puesta al desnudo, me doy cuenta de que siempre han venido de «los míos». Todas procedían de un reconocimiento natural, sin segundas intenciones.

De los demás, salvo escasas excepciones (una mención en el diario de Marc Édouard Nabe calificándome de «judía con abrigo de pieles»), he tenido la suerte —en gran parte debida a mi apellido— de no sufrir nunca comentarios agresivos que me remitieran a mi identidad, ni siquiera comentarios sin más. Mi judeidad les permanecía invisible, como yo lo deseaba. Al menos así parecía.

Esta invisibilidad, paradójicamente, me puso a veces en situaciones incómodas. En un encuentro profesional en el que participaban varias personas con apellidos extranjeros, algunos de consonancia judía, una mujer se dirigió a mí en aparte para decirme: «menos mal que está usted aquí, somos al menos dos en ser francesas». Bien podría haber prescindido de esa complicidad dudosa que decidí en aquel momento no desmentir (ni aprobar).

Más turbador fue, en 1994, el asunto del diario del escritor Renaud Camus, que dio lugar a intensas polémicas hasta ser retirado de la venta por sus propósitos antisemitas. En su libro, atacaba en particular el programa literario Panorama en el que yo trabajaba, denunciando la proporción demasiado fuerte de judíos en el equipo. Que judíos pudieran hablar de literatura francesa lo desbordaba. ¿Qué podían entender los judíos de los escritos de Racine o de Chateaubriand? Seguía la lista de todos los apellidos de consonancia judía del programa, entre ellos el de una mujer que lo había afrancesado y al que él había desenmascarado. Pero no el mío. Quedé estupefacta, como negada en mi propia existencia, borrada; inevitablemente excluida de la solidaridad que se había anudado en torno a aquellos cuyos nombres habían sido manchados. Durante varios años, había entrevistado regularmente a Renaud Camus por sus novelas, antes de que éste fuera presa de un racismo y un antisemitismo frenéticos. ¿Habría contribuido aquella proximidad pasada a su falta de perspicacia, me hacía a sus ojos insospechable? Algunos años más tarde, cruzándome con Renaud Camus en los pasillos del Salón del Libro, no pude evitar acercarme a él. «¡Usted me olvidó!», le lancé con sarcasmo, obligada ante su incomprensión a precisar «de su lista de judíos».

Sí, así era. Yo había sido olvidada.

Respuesta del pastor a la pastora, me dirán. A fuerza de querer ser invisible, uno termina por ser olvidado.

No es ésa mi visión de las cosas, aunque ésta —lo concibo— cueste ser circunscrita. Digamos que mi deseo de discreción, más que de invisibilidad (mi pensamiento avanza a medida que escribo este texto), nunca ha tenido nada que ver con renuncia alguna. La expresión más justa que me viene aquí es un rechazo a ser «cargada» por una identidad cuyo filtro percibo como un estorbo para una aproximación más amplia al mundo.

¿Es casualidad que el primer libro que escribí, en el que se trata en gran parte de la historia de mi familia, haya seguido de cerca al estremecimiento del asunto Renaud Camus? Lo ignoro. Otros vendrán que dicen en todo caso que una parte de mí, durante mucho tiempo callada, reclamó un día existir. Sin por ello llegar a ocupar un lugar preponderante.

Este ajuste perpetuo entre dos maneras de posicionarme frente al mundo, no puedo evitar pensar, para concluir, que me viene precisamente del seísmo de mis once años. Dotada para siempre de un apellido y de otro para la inmensidad del mundo.

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