«Desde hace 10 años busco la solución que me devolvería el sky de mi nombre y de una identidad. Ahora hay una esperanza. Cambiar de nombre es a veces una forma de huida. Uno elige huir, pero la violencia que provocó esa huida, ella no fue elegida. Pegar nuevamente la parte de mi nombre que me falta me permitiría reencontrarme tal como soy, y no quitaría nada a mi identidad francesa —al contrario quizás, es importante precisarlo. Sin mi Sky me cuesta deslizarme por la pendiente del tiempo.»1

Un apellido identifica muy a menudo a sus portadores. Indica las lenguas del nombre y los orígenes geográficos de las familias. En otras palabras, entrega características, siempre singulares y colectivas, sobre las personas. Algunas familias han pedido afrancesar su apellido a fin de disimular sus orígenes, sus lenguas, su identidad. Estas afrancesaciones a veces salvaron a esas familias. Pensamos en los judíos de Francia que tuvieron que disimular la «consonancia israelita» —tal era la expresión de uso del Conseil d’État— de su apellido, pues constituía una verdadera amenaza de muerte durante la Shoá.

Incluso después de la guerra, algunas familias quisieron afrancesar su apellido para proteger a sus hijos y «parecer más franceses», escapar así al antisemitismo siempre presente. Sin embargo, los antisemitas no se equivocan: nunca dejan de «desvelar» el apellido judío de origen, «escondido» detrás del apellido francés, como por ejemplo Marcel Dassault, nacido Bloch. Esta afrancesación del apellido tenía por objeto desprenderse del peso de la historia y, en cierto modo, borrarse disimulando el apellido.

Recuperar el apellido

En esta configuración histórica, el reto fundamental no era únicamente una «integración» y una estrategia de promoción social, era también protegerse contra el retorno funesto de una historia trágica, el genocidio de los judíos, la Shoá durante la Segunda Guerra Mundial. Así, los Rosenkopf se hicieron Rosent, los Rubinstein se hicieron Raimbaut, los Garfunkel se hicieron Garel, o también los Djaoui se hicieron Dajoux. Algunas familias judías que ocultaron sus nombres después de la guerra siempre velaron por no olvidar el otro nombre, el de debajo, el que se puede recuperar.

Sucede que, una, incluso dos generaciones después de haber cambiado de nombre, algunas familias judías quisieron recuperar el apellido de sus antepasados, pero la justicia se oponía bajo el doble motivo de la inmutabilidad del nombre y de la «consonancia extranjera» de los apellidos. No se cambia un nombre que ha sido afrancesado. Por ello el colectivo «La Force du nom», creado por mí misma y por la abogada Natalie Felzenszwalbe, libró un combate para que esas familias pudieran retomar el apellido de sus padres. Obtuvieron resultado favorable ante el Ministerio de Justicia. En 2011, las solicitudes de retorno al nombre pudieron así prosperar. Esto significa un cambio de jurisprudencia.

Algunos querían recuperar el apellido perdido de su padre para salvarlo de la desaparición y portarlo como resto de una historia herida. El nombre testimoniaría así el mundo de los desaparecidos.

Ahora, para quienes han retomado el apellido judío de sus padres o de sus abuelos, se trata de escuchar los efectos de este retorno al nombre judío. ¿Cómo viven lo que consideran una «reparación»? ¿Se sienten más judíos? ¿Tienen la sensación de haber reanudado el vínculo con la historia familiar y con la gran Historia? Tantas preguntas a las que las familias que filmé intentaron responder2.

El patronímico (puesto que los apellidos de las familias entrevistadas fueron todos transmitidos por el padre) es llamado «apellido judío» en el sentido en que podía atribuirse específicamente a familias judías. En todos los casos, este apellido las designaba a menudo como judías, de ahí su afrancesación, su cambio3. Había que protegerse, por sí mismos y por la familia, de un eventual rebrote del antisemitismo, pero también desprenderse del peso del pasado. Antes de la Shoá, las razones de los cambios de apellido en Francia eran de orden lingüístico (los apellidos con múltiples consonantes eran impronunciables para los franceses) o ideológico (los judíos emigrados de Europa oriental idealizaban Francia como país de libertad, de cultura, de seguridad e incluso de vanguardia: el viejo dicho yiddish, difundido entonces, enunciaba «feliz como Dios en Francia / gliklekh vi Got in Frankraykh»4). La adopción de un patronímico de consonancia francesa (sic) legitimaba la integración en este país soñado (ya hemos cuestionado la apreciación de la consonancia francesa desde el punto de vista lingüístico, habida cuenta de las transformaciones onomásticas a lo largo de la historia de Francia5). Había, pues, que encontrar sonoridades lingüísticas coherentes (suficientemente armónicas para la administración) sin perder por completo la huella del nombre inicial. Así, por ejemplo, la desinencia que podía hacer sospechar un origen judío (-ski, -blum, -wicz, -kopf, -stein, -vici, etc.) se abandona para dejar de ser identificable como judío, antes que por abandono de toda pertenencia al judaísmo. Era un hábil compromiso entre cierta presión de la administración, una voluntad de fundirse en la francidad, y por otra parte el deseo de conservar íntimamente la fe o, más a menudo, la pertenencia a una comunidad de destino. Pero la generación que hereda el nuevo apellido (antes o después del nacimiento), hereda también muy a menudo una historia lacunaria sobre la que planea la sombra de los desaparecidos. Los huecos en la filiación resuenan en el propio nombre, cortado de los muertos como de los vivos (de lo cual dan testimonio, una vez más, los descendientes que tienen la impresión de haber sido apartados de su historia y de sus antepasados).

Para escapar a las redadas, a las vejaciones, los judíos se veían obligados a adoptar una identidad prestada lo más discreta posible. El apellido afrancesado era entonces más bien una elección de protección de las familias. En el testimonio, las personas entrevistadas en el documental que realicé, el motivo es claramente el de la protección de los hijos frente al antisemitismo. El nombre, entonces, «estigma, identificador y vector de discriminación, de denuncias y de persecuciones»6. Hay que recordar que el Conseil d’État, en 1947, evocaba muy explícitamente la «consonancia israelita» como motivo legítimo de cambio de nombre7. «Para evitar que se reproduzcan, llegado el caso, las persecuciones y deportaciones de las que los israelitas, ciudadanos franceses, fueron objeto durante el período 1940-1945, se ha decidido dar curso a las solicitudes presentadas por personas que llevan apellidos con consonancia israelita»8. De 1945 a 1957, se concedieron dos mil ciento cincuenta cambios de apellidos judíos9.

Volver a un apellido judío es, para muchas familias que hemos entrevistado, reparar la historia y recuperar el hilo de esa historia familiar herida. Por el nombre recuperado, las familias piensan así (re)tejer un vínculo con los muertos y con los vivos, retejer el tejido desgarrado por la Shoá. Este desgarrón de la historia y en la Historia, consecuencia de un genocidio, tiene repercusiones devastadoras no sólo sobre sociedades enteras sino también, mucho más duraderamente aún, sobre las familias durante varias generaciones.

Intentar comprender lo que tuvo lugar, como dice Legendre, a fin de que la dimensión institucional no quede borrada. «La Shoá sigue siendo un paso al acto institucional (…)»10. Habla también de «gesto de Estado instituyendo el parricidio». Se comprenderá por tanto toda la importancia del nombre y de la voluntad obstinada de hacer desaparecer los nombres. Lo que el nazismo atacó fue el «principio de filiación», «cumplimiento de una concepción cosificada, “carnicera”, de la filiación»11, una puesta a muerte del Ancestro del nombre, es la «dimensión simbólica del asesinato del Padre en la cultura que se vuelve crimen perpetrado»12.

¿Qué dicen las familias? ¿Cómo viven su retorno al nombre?

Vamos a detenernos en la historia de David Fuks alias Forest (anteriormente Forest)13.

Presentaremos primero su testimonio oral transcrito, luego su testimonio escrito.

Tuve que resignarme a un compromiso y arreglármelas con él. Forest en la vida pública, Fuks para el estado civil. Doctor Jekyll y Mister «Hide».

Es una «gran dicha» para él haber vuelto a su apellido de Fuks.

No ha habido un solo día en que haya lamentado esta elección. Presentaremos primero su testimonio oral transcrito, luego su testimonio escrito.

Y más adelante: «las condiciones de aterrizaje fueron muy difíciles y muy abruptas: ocurrió rápidamente, corrí a casa de mi padre para darle la noticia, estaba completamente incrédulo, no parecía creerlo. Estaba contento por mí, no sé si por él. ¿Había un orgullo, una revancha sobre la historia? No estoy seguro».

David testimonia su deseo de resucitar así a los muertos, y habla de «gestión vengadora», de hacer justicia…

Una idea es recurrente entre los solicitantes: la idea de tomar una revancha sobre la historia, sobre Hitler. Sin embargo, subsisten dudas sobre el hecho de ser el único portador del apellido Fuks.

Tras la decisión, hubo una fase de secreto, etapas procesales debido a las formalidades, con la necesidad por ejemplo de obtener un certificado de no oposición del Conseil d’État14. En un primer momento, «era secreto», la decisión permaneció en el círculo de los allegados. Después, David evoca un período de toma de conciencia que se tradujo por una «fase de pánico» en la que habría querido aplazar esa decisión, que ese tiempo de espera se prolongara aún algunas semanas. No pensaba que llegaría tan rápido: «era casi demasiado rápido»15.

Hubo que cambiar su cédula de identidad, y pidió que Forest figurara como nombre de uso o seudónimo, pero el estado civil se negó en un primer momento.

«Al menos el corte es nítido y franco, y solicité un acta notarial que confirmara que ‘yo soy efectivamente la misma persona’», que «David Fuks y David Forest son efectivamente la misma persona» (sic…).

David se retoma, pues se da cuenta de que utiliza el plural «son» para hablar de la misma persona, «sus» dos nombres como si estuviera escindido finalmente entre dos personas diferentes…

Otra cuestión se planteó: la pronunciación del apellido Fuks: «Tenía que entrenarme para pronunciarlo. Me importa que sea bien pronunciado y bien escrito. Insisto en esta «k»: «¿Cómo pronunciarme otra vez [se corrige], presentarme…?».

David da cuenta de efectos psíquicos que se tradujeron en síntomas psicosomáticos a raíz del cambio de nombre. Avisó a su Colegio profesional y convino que continuaría ejerciendo bajo el nombre de Forest, pues no era posible ejercer con dos nombres (el Colegio no puede gestionar dos nombres).

«El nombre de Forest me siguió como una sombra proyectada». Finalmente, obtuvo la posibilidad de inscribir el nombre Forest como nombre de uso. Pero David cambia de orientación profesional y se convierte en funcionario bajo el nombre de Fuks y obtiene de la administración poder inscribir Forest como nombre de uso en su cédula de identidad. «Las identidades se han reconciliado, pero llevó tiempo».

Tomó clases de hebreo, comenzó un diploma universitario en estudios judíos y va a la sinagoga para la fiesta del Kippur16: «Quise habitar mejor mi nombre».

Su padre muere en 2014 y, como hermano mayor de la fratría, se encuentra en la posición de jefe de familia, y es él quien redactará la necrológica. Se plantea entonces la cuestión de su propio fallecimiento y del nombre bajo el cual desearía ser enterrado, probablemente Fuks alias Forest.

Su padre no eligió retomar el apellido Fuks, pero, dice David, «era una fuente de orgullo para él que yo siguiera este camino, estaba orgulloso y feliz de que fuera en busca de esas huellas enterradas, de que tuviera ese deseo»…

He aquí el testimonio escrito de David17:

«Primero, hubo el alivio, el de haber escrito finalmente esa solicitud que debía permitirme resucitar el apellido de nacimiento de mi padre para hacerlo mío. Esta empresa me había movilizado ampliamente, me había incitado a exhumar documentos enterrados desde hacía años en los archivos familiares, a comprenderlos y a intentar sondear la intención de sus autores, a interrogar a mi padre sobre un período silenciado y doloroso, y a rebuscar en los pliegues de mi memoria en busca de impresiones, de recuerdos difusos sobre ese nombre fantasma y el que yo aún llevaba.

Algunos amigos cercanos habían sido puestos al corriente. Algunos manifestaban sus ánimos, saludaban mi gestión sin dejar de ser incrédulos. ¿Por qué, en el umbral de los cuarenta, trastornar así —y en qué medida— el curso de una existencia relativamente bien establecida? Otros, más escépticos, temían cualquier «teshuvá» que me llevaría, sin duda pronto, a ponerme una levita negra y a negarme a estrechar la mano a las mujeres. Otros más decididamente no entendían ese deseo de borrar un nombre que había prometido a mis abuelos y a sus descendientes integración y serenidad.

Después, hubo el tiempo de la espera mesiánica, pues prometía ser larga a juzgar por los retornos de experiencia. Los candidatos debían esperar a menudo varios años antes de obtener una respuesta, el tiempo de que su solicitud tomara múltiples canales administrativos, fuera sopesada y resopesada antes de ser objeto de un decreto en debida forma. Este circuito rodeaba la operación de un misterio insondable propicio a todas las interpretaciones. Esto no me había desanimado, y si había que esperar, sería un período transitorio y pasajero que alimentaría cada día un poco más la esperanza del retorno. Aparté esto durante un tiempo, confiado y aún sorprendido por la energía que había desplegado, yo que, algunas semanas antes, jamás habría contemplado, ni en sueños, semejante gestión.

Hubo, por último, el tiempo de la liberación, algunos meses después. Avisado de que me esperaba un certificado en correos, no imaginaba ni un instante que pudiera tratarse de la respuesta de la Chancellerie. Mi sorpresa fue total. Corrí inmediatamente a enseñárselo a mi padre, que no lo creía. Lo vuelvo a ver, sosteniendo el decreto, releyéndolo para estar seguro de haberlo leído bien. «Felicitaciones», me dijo lacónicamente. Era el término que acompañaba todas las buenas noticias.

Pero he aquí que me había pillado desprevenido, ¿qué hacer ahora? ¿Por qué tan rápido? Y había que iniciar sin demora un nuevo proceso administrativo hecho de certificados, de explicaciones a múltiples administraciones, pedir también la rectificación de mi estado civil. «Forest» queda tachado, reemplazado por «Fuks», considerado mi nombre de nacimiento para la ley, la única que da fe. Verificaba así la fuerza, la violencia también, de las ficciones jurídicas que nos gobiernan con la ambición de designarnos.

Quedaba presentarme al colegio de abogados del barreau de París en el que estaba inscrito desde hacía casi diez años. Fui recibido por un colega responsable del ejercicio profesional al que le costó disimular su sorpresa. Quería claramente saber más sobre ese nuevo apellido, mis motivaciones también. Lo que yo había tomado por un simple trámite administrativo me pareció convertirse en un interrogatorio policial. En este punto fui engañado por los recuerdos de mis antepasados, atrapado por una vieja inquietud de revelar una identidad de contrabando. Mi colega, simplemente curioso, también estaba bien intencionado y preocupado por encontrar una solución viable, pues —lo cual yo no había anticipado— no me sería posible ejercer bajo dos apellidos a la vez, uno de los cuales habría descendido a la condición de seudónimo. «Los clientes, sepa, deben saber con quién están tratando». Entonces, ¿cuál elegir? ¿Desaparecer para sus clientes y, peor aún, para sus lectores? Yo había rechazado anticipar la dificultad, pensando que era de poca importancia frente al reto, y que la solución se impondría por sí misma. No era así.

Era concebible conservar Forest excluyendo Fuks, por analogía con la situación de las abogadas que ejercen bajo el apellido de casada. Ejercer bajo seudónimo equivalía en definitiva a disimular —de nuevo— el nombre recuperado. Como contrapartida, esto mantenía una continuidad en mi identidad. Tuve que resignarme a un compromiso y arreglármelas con él. Forest en la vida pública, Fuks para el estado civil. Doctor Jekyll y Mister «Hide». Mi pequeña notoriedad de autor debía componerse con mi re-nombre. He aquí que heredaba al mismo tiempo un seudónimo literario. Durante varios meses tuve que afrontar una especie de pánico identitario, sin saber cómo presentarme según los contextos y los interlocutores. ¿Era abogado? Entonces debía ser Forest, ¡sobre todo no equivocarse! Acostumbrarme a pronunciar Fuks para designarme no fue cosa fácil. A menudo balbuceaba Forest antes de corregir. Este nuevo nombre requería no sólo un aprendizaje sino también ser domesticado.

Han pasado seis años sin que un solo día haya lamentado mi elección. Este nombre es ahora mío y me gusta deletreárselo a mis interlocutores, corregir si es necesario su pronunciación, e incluso traducirlo —“zorro”— para mostrar su familiaridad.

Mi padre ya no está. Sobre su tumba evoqué el orgullo secreto que había sentido hace seis años. Ese sentimiento quizás, tanto como su nombre, valía que yo regresara a él».

¿Levantaría el retorno al nombre el velo que oculta la historia familiar? ¿Revela así lo reprimido que entorpece toda posibilidad de rememoración?

El nombre, con sus formas de bordes más o menos precisos que se destacan de un fondo memorial, revela una historia hasta entonces parcial o mantenida en secreto, muda, pero que deja vislumbrar signos de reconocimiento.

Este testimonio muestra que cada sujeto compone también con sus propios recursos psíquicos. El re-nombre se presenta como un «sálvese quien pueda». Aunque cambiado, el nombre transporta consigo un espesor de signos y de afectos del que a veces es difícil deshacerse. Andrajos para algunos, protección para otros, el nombre arrastra consigo elementos de historia familiar a través de varias generaciones.

Llevar un apellido judío hoy

«¿Le diré que lo que me atrae en usted son rasgos emparentados, judíos? Nos comprendemos. (…) Esté seguro de que, si yo me llamara Oberhuber, mis innovaciones habrían, pese a todo, encontrado una resistencia mucho menor.»18 Freud, Carta a Karl Abraham

El cambio de apellido testimonia, para esas familias, su determinación de vivir sin temor a ser designados como judíos. El retorno al nombre es, a la inversa, un acto que expresa la elección de las familias de inscribir su nombre en el linaje de sus antepasados sin ningún sentimiento de vergüenza relativo a la «consonancia» de los apellidos. Volver a un nombre que la Historia intentó borrar es verdaderamente un acto de resistencia. Resistir al olvido de los nombres, no obstante los temores de algunos miembros de una misma familia, más bien inclinados a la disimulación. Estos nombres levantan rostros e historias de vida de generación en generación, y es precisamente ese hilo el que captan quienes hacen acto de retorno al nombre.

Hemos podido escuchar, a través de este testimonio, hasta qué punto la memoria de estas familias remitía a ese fondo mnésico que constituye lo que Roland Gori llama «el micelio traumático de la memoria»19, que arrastra huellas, impresiones, reminiscencias, impresiones diversas. Estas impresiones dejadas por traumatismos antiguos intentan representarse, inscribirse «en lo duro», como dice el historiador Jean-Marc Dreyfus en el epílogo de mi libro, a propósito del muro de los nombres. El olvido no cesa de inscribirse y de transcribirse en el trabajo del pensamiento y de la representación. El olvido no es lo contrario del recuerdo, es consustancial a él, pero para estas familias es un verdadero miedo al olvido lo que las empuja obstinadamente a contar la historia, a falta de haber podido inscribir el recuerdo en un texto, y para inscribir la historia, estas familias pasan por el nombre. El nombre como memorial de una historia cuya saña consistía en borrar escrupulosamente toda huella de presencia judía.

¿Cómo se efectúa entonces psíquicamente, en esta fábrica de memoria familiar, el retorno al nombre?

Hacemos la hipótesis de que es por el relato como la historia del nombre y de sus lenguas, de sus lugares, es rehabilitada en una cartografía memorial que devuelve contornos a una historia a menudo agujereada por los dramas de la gran Historia. El nombre recuperado debe pensarse como un nombre cavado por la temporalidad histórica, allí donde el nombre cambiado carecía de relieve para estas familias. Para ellas, el nombre, como ficción construida a partir de la dimensión geolingüística, pertenece efectivamente a la historia del pueblo judío. Dicho de otro modo, el re-nombre es el proceso que restablece una escritura borrada, mediante sus letras reintroducidas en el discurso del sujeto, que opera entonces como un momento de verdad histórica.

El nombre cambiado, por la inflexión de sus acentos, hacía pantalla a una cierta verdad de historia familiar entramada en la gran Historia. Al levantar las letras, el sujeto retorna a su propio texto psíquico. Hay, por supuesto, otros medios distintos del re-nombre para volver a ese texto, pero para estas familias era un recurso posible. Se trata de una forma de «ortonomástica» que apunta a restablecer el orden del nombre en el desorden de las generaciones causado, en particular, por el traumatismo de la Shoá. Y esta historia es ciertamente una historia francesa.


  1. Testimonio de una persona que se había dirigido a mí en 2009 tras la proyección de mi primer film, Et leur nom, ils l’ont changé, prod. Studio Vidéo París Diderot, 2009.↩︎

  2. Habiter son nom, une histoire française, 2021, Musée d’art et d’histoire du Judaïsme.↩︎

  3. Dos mil afrancesaciones de patronímicos se concedieron entre 1945 y 1950 a raíz de una primera ordenanza (alrededor de cuatrocientas por año). Cf. Loisel, 1950, citado por N. Lapierre, «L’emprise du national sur le nominal», en Brunet G., Darlu P., Zei G., 2001, Le patronyme, histoire, anthropologie, société, CNRS éditions, París, p. 122. «La mayoría eran solicitadas por judíos originarios de Europa oriental. (…) Sólo después de la tercera ley de 1965 el número de afrancesaciones (de apellidos y/o nombres) aumentó significativamente. Desde entonces, se ha mantenido prácticamente constante: cada año, el 20% de las naturalizaciones se acompaña de afrancesaciones, pero sólo del 7 al 8% de éstas conciernen a apellidos patronímicos, es decir, unos quinientos al año. (…) Cambiar de nombre al mismo tiempo que de nacionalidad aparece como una ruptura redoblada».↩︎

  4. Según Yitskhok Niborski se trata de una variante de lebn vi di got in Ades: «vivir como Dios en Odessa», que fue adaptada a Francia por emigrados venidos de Europa del Este (muchas gracias a Yitskhok Niborski y a Bernard Vaisbrot por habernos transmitido la grafía de esta expresión). En el siglo XIX, esta frase testimoniaba el estado de ánimo de los judíos de Europa central que idealizaban la Francia republicana y laica, el primer país en haberles concedido la emancipación (proceso de liberación que les permitió obtener la ciudadanía y la plena igualdad de sus derechos mediante el voto de la Asamblea Constituyente en 1791).↩︎

  5. C. Masson, N. Felzenszwalbe, Rendez-nous nos noms. Quand des Juifs revendiquent leur identité perdue, Éditions Desclée de Brouwer, París, noviembre de 2012. Con prefacio de Annette Wieviorka, y epílogo de Daniel Sibony.↩︎

  6. N. Lapierre, «L’emprise du national sur le nominal», en Brunet G., Darlu P., Zei G., 2001, Le patronyme, histoire, anthropologie, société, CNRS éditions, París, p. 124.↩︎

  7. Se leerá más precisamente lo relativo a estas cuestiones jurídicas y políticas en C. Masson, N. Felzenszwalbe, op. cit., o también en nuestro libro colectivo La force du nom, Desclée de Brouwer, 2010.↩︎

  8. Pépy, 1966-67, p. 34, citado por N. Lapierre, art. cit., p. 124.↩︎

  9. Ídem.↩︎

  10. P. Legendre, «La Brèche. Remarques sur la dimension institutionnelle de la Shoah», Sur la question dogmatique en Occident: aspects théoriques, París, Fayard, 1999, p. 340.↩︎

  11. Ibid., p. 347.↩︎

  12. Ibid., p. 349.↩︎

  13. Publicado en C. Masson, Habiter son nom — une histoire française, Hermann, París, 2020.↩︎

  14. Este certificado atestigua que no se ha presentado ninguna oposición contra la decisión de justicia civil dictada.↩︎

  15. Debido a sus funciones de abogado, es posible que el plazo de instrucción no haya sido sino de seis meses, mientras que el procedimiento puede ser mucho más largo para otros.↩︎

  16. Se trata de la fiesta judía del Gran Perdón.↩︎

  17. Enviado en enero de 2019, dos años después de nuestra entrevista.↩︎

  18. S. Freud, carta del 23 de julio de 1908, publicada en Sigmund Freud, Karl Abraham, Correspondance: 1907-1926 (Briefe 1907-1926, S. Fischer-Verlag, Frankfurt am Main, 1965), trad. del alemán por Fernand Cambon y Jean-Pierre Grossein, Gallimard, col. Connaissance de l’Inconscient, París, 1969, p. 53.↩︎

  19. R. Gori, «La mémoire freudienne: se rappeler sans se souvenir», Cliniques méditerranéennes, 2003/1 n° 67, p. 100-108. URL: https://www.cairn.info/revue-cliniques-mediterraneennes-2003-1-page-100.htm↩︎

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