Lola Lafon ha escrito un libro magnífico, « Quand tu écouteras cette chanson » («Cuando escuches esta canción»)1. Tras haber pasado una noche en el Museo Ana Frank, la escritora redactó este texto conmovedor de verdad, tan íntimo como universal.

Plurielles:

Todo el mundo conoce Le journal (El diario) de Ana Frank, uno de los libros más vendidos del mundo. Tu libro, sin embargo, se propone revelar a una autora invisibilizada, a una judía borrada, el drama y el abandono disimulados detrás de una eterna sonrisa. ¿La verdadera Ana Frank, su historia y su final trágico habrían quedado ocultos detrás de su celebridad?

Lola Lafon: Ana Frank se convirtió en un símbolo, en un resumen de todas las desgracias de la Shoá. Se estudia su diario en colegios y liceos, y sin duda es algo positivo. Todo el mundo cree conocerla y yo también lo creía, hasta que descubrí a otra Ana Frank, a la que su mito había terminado por eclipsar. ¿Qué había pasado para que una versión «hollywoodense» de la historia cubriera por completo a la otra? Descubrí cómo, muy rápido, se decidió hacer de Ana Frank un ícono, y me quedé estupefacta ante las distintas adaptaciones de su diario.

En 1955, Broadway decide convertirlo en obra de teatro: se alisa su texto, se borra lo que podría incomodar, como sus propias iras, el odio que expresa hacia el nazismo. También se suprimen los pasajes sobre Janucá y todas las referencias a su judeidad. Cuando Ana Frank se pregunta «por qué el pueblo judío sufre tanto», alguien creyó conveniente añadir esta frase increíble: «¡pero todos los pueblos han sufrido siempre»!

Todas estas manipulaciones me indignaron, pues tuve la impresión de asistir a la fabricación de un mito, a una fabricación de imágenes. De hecho, su padre, Otto Frank, jamás fue a ver la obra de Broadway.

La película estrenada en 19592 me sorprendió aún más. El director, George Stevens, tuvo que rodar un nuevo final tras una proyección de prueba, porque los espectadores encontraban la película demasiado «triste». Se eligió entonces un happy end en el que Ana reafirma su «fe» en la humanidad, ¡su desgracia transformándose en un mensaje de esperanza! Y es eso lo que queda: el rostro sonriente y confiado de una joven. Un crítico del New York Times incluso felicitó a la película porque uno salía de ella «¡sin odio hacia el nazismo!».

Es cierto que en los años 50, en plena Guerra Fría, no había que comprometer la reconciliación con Alemania y, en el fondo, nadie tenía realmente ganas de escuchar esa historia.

La versión de Hollywood se impuso: este relato no debía ser, según sus propias palabras, «ni demasiado triste, ni demasiado judío».

En una de las ediciones del libro, Eleanor Roosevelt, sin duda con benevolencia, escribió que Ana Frank «trabajaba por la paz». Pero Ana Frank no trabajaba en absoluto por la paz: se escondía para no morir.

«Su Diario* es la obra de una joven víctima de un genocidio, perpetrado en la indiferencia absoluta de todos los que sabían. No usen la palabra esperanza, por favor».* Son las palabras de Laureen Nussbaum, a quien tuve la suerte de conocer para este libro.

Plurielles:

Laureen Nussbaum evoca también otra invisibilización: Ana Frank no escribía un «diario íntimo» sino una obra literaria.

Lola Lafon: Laureen Nussbaum era amiga de la infancia de Margot, la hermana de Ana. Es una de las últimas personas que la conoció. De inmediato insistió en el talento de escritora de Ana Frank y me habló de ella como de una autora invisibilizada en su trabajo. Recuerda que Ana había escuchado, en una radio clandestina, a un ministro que pedía a las poblaciones de los Países Bajos que conservaran sus escritos como pruebas. A partir de entonces, desde 1944, su diario se transforma en libro porque está convencida de que será publicada después de la guerra.

Fue un shock para mí saber que había reescrito varias veces su texto, al que ella misma había titulado Le récit de l’annexe (El relato del anexo). Pude medir hasta qué punto había tomado decisiones literarias, cortando ciertos pasajes, reescribiendo capítulos, mezclando reflexiones personales con consideraciones políticas. Se trata efectivamente de una obra literaria que ella concibe como tal. Ahora bien, la posteridad solo quiso retener el «diario íntimo» de una joven. Ana Frank quería convertirse en escritora, no en un mito. Tenía clara conciencia de su talento y el deseo de lograrlo; todo eso había que devolvérselo, y yo debía contar primero esta historia. Su texto se dirige a un futuro, a sus futuros lectores. Al releerlo, comprendí que también había venido a buscarme.

Plurielles: Usted escribe: «Cómo es amada esta joven judía Ana Frank, se la ama tanto más cuanto que no se conoce el final». Sin embargo, sabemos que es judía y su final, todo el mundo lo conoce. Ella misma no lo ignoraba.

Lola Lafon: Hay sin duda una diferencia entre saber y mirar de frente, es decir, enfrentar esa realidad. Ana Frank no tenía otra opción que comprender lo que pasaba: miraba hacia afuera, escondida detrás de las cortinas de la ventana. Describe las redadas: «Nadie se salva, ancianos, niños, bebés, mujeres embarazadas, enfermos, todo, todo es arrastrado en este viaje hacia la muerte… Y todo eso, por la sola razón de que son judíos»3. Y escuchaba la radio. En la fecha del viernes 9 de octubre de 1942, escribe: «No ignoramos que esas pobres personas serán masacradas. La radio inglesa habla de cámaras de gas. Eso me enferma».

Sí, es verdad, conocemos la historia de Ana Frank, su final trágico, y por supuesto, de cierto modo, también la estudiamos porque conocemos el final. Pero pocos tienen presente la imagen de una joven escuálida, que perdió todo su cabello, muerta de tifus, de hambre y de frío en la más completa soledad. Hubo que callar ese final, así como —y sin duda está ligado— hubo que difuminar, borrar su judeidad para hacer de ella el símbolo de la adolescencia en lucha contra «la adversidad»4. Querer erigir a una joven judía en símbolo universal de paz dice mucho sobre la imposibilidad de reconocer la especificidad de la Shoá.

Me parece que debemos interrogarnos sobre esta necesidad de borrar a los judíos cuando se habla de lo universal.

Plurielles: Tal vez sea una historia muy antigua…

Lola Lafon: Sí, sin duda, una historia que se repite… En cierta representación del mundo, judío y universal se oponen, como si fuera necesario abolirse para conmover a los demás. Hoy creo que esta visión de lo universal es una trampa. En realidad, somos más fuertes para hablar de la desgracia del mundo cuando llevamos con nosotros nuestra propia historia. Y este libro también me permitió hablar de ello. Pues es verdad que durante mucho tiempo me costaba asumirla, había algo demasiado pesado.

Plurielles: ¿«Demasiado judía y demasiado triste»?

En una de sus canciones5, Une vie de voleuse (Una vida de ladrona), usted exige «una vida un poco más ligera», ¿tal vez liberada del dolor del pasado? En su libro, escribe: «El estrago, en mi familia, se transmitió como en otras partes el color de los ojos». Y también: «mi rubiez era un pasaporte hacia la normalidad».

Lola Lafon: Sí, tal vez yo también encontraba ese final «demasiado judío y demasiado triste» (parecería verdaderamente un chiste judío…). De esta historia demasiado dolorosa, no quería formar parte, o más exactamente, no lograba hacerlo.

En mi adolescencia, no me resultaba fácil ser judía, durante mucho tiempo rechacé esa especie de asignación. Preferí desviar la mirada, rechazando toda pertenencia que no hubiera elegido. No quería suscitar ni piedad ni odio, ser un poco como las chicas con las que andaba y que llevaban una cruz. Más tarde, reivindiqué una existencia fuera de nuestros orígenes, como una declaración de independencia, la libertad de no pertenecer a nada.

Durante mucho tiempo, para mí, ser judía era estar del lado de la muerte, y yo quería ir del lado de la vida. Hubo, sin embargo, una primera brecha cuando, hacia los 18 años, pasé un tiempo con mi familia norteamericana. Habían emigrado antes de la Shoá y su judaísmo era alegre; se cantaba durante shabat. Adoré esa posibilidad de ser judía sin la vergüenza ni la desgracia; de hecho, al regresar a Francia, llevé durante algún tiempo una Maguén David.

Pero todavía me hizo falta tiempo para hallar la fuerza de asomarme al abismo sin ser tragada por él.

Plurielles: Usted militó en la extrema izquierda como muchos judíos, pero también como sus abuelos y sus padres comunistas. Este compromiso a menudo coincidió con un deseo de escapar a la maldición judía, perteneciendo por fin a los demás, siendo «invisible», al revés de la distinción tan pesada, tan odiada.

Pero el antisemitismo se encarga de descubrir a los judíos, de volver «visibles» a quienes ya no lo deseaban, devolviéndolos a una irremediable soledad.

Lola Lafon: Ana Frank escribe: «¿Quién hizo de nosotros, los judíos, esta excepción entre los pueblos?»

Durante mucho tiempo milité en los medios libertarios, donde llevé muchas luchas, salvo aquellas que me tocaban demasiado de cerca y me volvían vulnerable. Al revés de ese «borrado» voluntario, comencé primero por afirmar una identidad feminista. La fuerza colectiva de las mujeres a través del movimiento Me too también me permitió asumirla. Creo que el coraje es contagioso porque, al mismo tiempo, tuve encuentros decisivos con grupos y militantes judíos de izquierda como los JJR6, las Juifves VNR, el colectivo Golema, el RAAR7. Estos militantes judíos se negaban a seguir invisibilizándose y emprendieron la tarea de portar una voz fuerte sobre el antisemitismo, en la cual finalmente pude reconocerme. Sin duda es una triste realidad que también hay que mirar de frente: ninguna toma de conciencia puede producirse sin la palabra de los principales interesados, y no son los judíos invisibles y silenciosos los que obligarán a los medios de izquierda y antirracistas a mirarse de frente. Desde hace algún tiempo, y aunque tímidamente, esta cuestión empieza a emerger un poco. Es cierto que esta palabra llegó tras un largo silencio y experiencias amargas y compartidas que, también allí, no eran del orden íntimo sino de una experiencia política y colectiva.

Por mi parte, no fui realmente confrontada al antisemitismo más que una sola vez, pero fue violento. Un día, un militante sostuvo delante de mí un discurso negacionista, tranquilamente. Mi única respuesta fue decirle que era judía. Los demás estaban incómodos, pero nada más; de hecho, fui yo quien se fue, no él. Y esta es una constatación común. Ninguna reacción, cuando estábamos en medios que reaccionaban a todo. Escribíamos textos sobre todos los problemas del mundo, pero cuando hubo el asesinato de los niños judíos de Toulouse, no escribimos nada. Yo ya había manifestado sola por Ilan Halimi, sintiendo ya esa soledad. Pero allí fue desconcertante. Fui sola a la concentración, luego vino el Hyper Cacher…

Lo que me alcanzó fue, una vez más, esta toma de conciencia de estar en el cruce de lo que pasa en el mundo y de lo que llevamos en nosotros. Como una imposibilidad de «mirar a otro lado».

Plurielles: Con la iconización de Ana Frank, ¿habríamos pasado nuestro tiempo desviando la mirada? Sin embargo, desde el principio, el diario de Ana Frank es blanco de los negacionistas…

Lola Lafon: Los negacionistas nunca han depuesto las armas. Hace poco, el 10 de febrero pasado, se proyectó un mensaje láser negacionista sobre la fachada del museo: «Anne Frank inventó el bolígrafo»8. Desde hace décadas, ponen en duda la autenticidad del diario, hablan de una invención de su padre, etc. Ana Frank los sigue obsesionando. Pienso también (aunque sea muy diferente) en ¿Quién traicionó a Ana Frank?, el libro que explicaba que un notario judío, Arnold van den Bergh, habría revelado su escondite9. Tras verificaciones, la editorial se disculpó, el libro fue retirado de la venta, ¡pero había hecho el efecto de una bomba, tanto en los Países Bajos como en otras partes!

Plurielles: Si los judíos son ellos mismos culpables, ¿la pizarra queda borrada?

Lola Lafon: Sí, como si siempre se tratara de enviar señales a otros negacionistas, mensajes que apuntan a borrar, atenuar o relativizar. Pienso también en las manifestaciones contra el pase sanitario en Ámsterdam, en el verano de 2021, donde se enarboló su retrato, coreando: «¡Libertad, libertad!». Ana Frank es un ícono que se complace en pisotear.

Plurielles: Su abuela Ida le había regalado una medalla con la efigie de Ana Frank, diciéndole: «acuérdate». Y es en la casa de Ana Frank, ese lugar despojado, donde esa promesa resonó. Usted escribe: «Que uno sea testigo del vacío, sin poder sustraerse a él; que uno se confronte con él… En el Anexo, no hay nada, y ese nada, yo lo vi». Los ausentes, finalmente, ¿siempre están?

Lola Lafon: Pasé la noche del 18 de agosto de 2021 en el Museo Ana Frank, en el Anexo. Ahora bien, el anexo es un lugar vacío y creo que ese vacío me convocó. Primero caminé contando mis pasos, en ese espacio exiguo de 42 metros cuadrados que compartían ocho judíos clandestinos, obligados al silencio. Intenté imaginar esas vidas ocultas durante veinticinco meses, es decir, setecientos sesenta días y miles de minutos. Durante esa noche insomne, me di cuenta de que estaba frente a aquello que, durante mucho tiempo, había deseado evitar.

El silencio y la ausencia dejan huellas, y allí me confronté con ellas. Irremediablemente. Como con una pregunta que debemos recibir sin buscar nunca abolirla ni darle una respuesta definitiva.

Pues es verdad que nunca habrá suficientes vivos para responder a los muertos. Los ausentes no han desaparecido, están allí y su ausencia es una pregunta que debe seguir buscándonos.

Plurielles: Usted escribe: «No olvidar y no quedarse pasmada, ¿cómo caminar sobre las huellas sin borrarlas?»

Lola Lafon: Todos los sobrevivientes y sus descendientes heredan una especie de deber, no pueden contentarse con solo existir, deben vivir más fuerte, por los desaparecidos. No me atrevo a decir en su lugar. La Shoá y el antisemitismo son un abismo, hay que poder asomarse a él sin dejarse tragar para poder seguir escribiendo sobre él.

Plurielles: Con pudor, usted evoca a Pierre Goldman, el primo de su madre.

Lola Lafon: Pierre quiso desesperadamente repetir la resistencia de los suyos. Era el heredero de ese estrago, de esa ira insatisfecha, militó en todas partes, hizo la guerrilla en América Latina, a veces se perdió. Quizás es eso asomarse al abismo y ahogarse en él.

En mi familia, pude medir el callejón sin salida que significa querer revivir lo que hicieron nuestros padres, nuestros abuelos, como para reparar, vengar, a riesgo de borrarlo, lo que había ocurrido. Pero, en realidad, es imposible. Pertenezco a la tercera generación después de la Shoá, debemos pensar en lo que hacemos con esa herencia. Por mi parte, me pareció que debía devolver a Ana Frank a sí misma, sin caminar del todo en sus pasos. Sin duda por eso no entré en su habitación: quise restituirle su verdad, tal vez un poco de su vida.

Plurielles: Usted escribe: «Mirar de frente lo que nunca será colmado». René Char escribía que la lucidez era «la herida más cercana al sol». ¿Se puede comprender el éxito, pero también la emoción que su libro provoca, a la luz de esa develación? ¿Como un consentimiento a la luz, e incluso a la quemadura?

Lola Lafon: El éxito de mi libro me asombra a mí misma; he ido a decenas de ciudades en Francia. No hay un perfil tipo de lector y es precisamente eso lo que me conmueve. Los encuentros son cada vez grandes momentos de intercambio. La gente viene de todas partes y lo que me conmueve sobre todo es la mezcla de generaciones. Durante las sesiones de firma, veo a abuelas con sus nietos, pero también a jóvenes que llevaron a sus padres, como si este libro, mucho más allá de la comunidad judía, se inscribiera en una transmisión. No hay equivalente a la Shoá, pero la cuestión del exilio, de los silencios en lugar de la transmisión, del dolor de enfrentar su historia son, creo, comunes a muchos de nosotros. Es lo que a veces me dicen descendientes de trabajadores argelinos, de refugiados italianos, etc., agregando: «No tengo en absoluto su historia», identificándose sin embargo con este relato. Tal vez haya una verdad compartida en el hecho de rendir homenaje a los suyos y a los demás.

Plurielles: Hay esta idea, hoy muy difundida, de que se habría hecho demasiado sobre la Shoá, que es hora de cerrar el capítulo. La acogida de su libro constituye sin embargo un rotundo desmentido.

Lola Lafon: Cuando se escribe un libro, siempre se pregunta uno si la gente nos seguirá. Cuando elegí el Museo Ana Frank, pensé enseguida en esa musiquita instalada: «¿otro libro más sobre la Shoá?». Y luego comprendí que verdaderamente no habíamos terminado con esa historia. Que tal vez, para muchos de nosotros, ni siquiera habíamos empezado. Me pareció que la estatuificación de Ana Frank también había tenido por función «deshacerse» de esa historia. Como un saldo de toda cuenta. A Ana Frank, todo el mundo la ha leído, muchos la han olvidado, aparece un poco como la figura expiatoria de un crimen que todo el mundo querría ignorar. Vuelvo a pensar en esa frase tan justa de Jan Karski de Yannick Haenel10: «El exterminio de los judíos de Europa no es un crimen contra la humanidad, es un crimen cometido por la humanidad». No, el capítulo nunca quedará cerrado, no se puede y no se debe cerrar. Hay que aceptar recoger esas huellas, esas ausencias, escuchar esos silencios. Un poco como en la hermosa película del director camboyano Rithy Panh, L’image manquante (La imagen ausente)11. Esa imagen, que él no encuentra, debe seguir faltándonos.

Entrevista realizada por Brigitte Stora


  1. « Quand tu écouteras cette chanson », Lola Lafon, Éditions Stock, publicado el 17/08/2022, en la colección «Ma nuit au Musée», que propone a los autores pasar una noche en un museo de su elección.↩︎

  2. Audrey Hepburn había rechazado el papel, al no sentirse legítima para encarnarla en el cine, pues su madre veneraba a Hitler.↩︎

  3. Página 77 de la versión de 2019.↩︎

  4. Como afirma una contratapa.↩︎

  5. Lola Lafon es también cantante y compositora.↩︎

  6. Juifs et Juives Révolutionnaires (Judíos y Judías Revolucionarios).↩︎

  7. Réseau d’Action contre l’Antisémitisme et tous les Racismes (Red de Acción contra el Antisemitismo y todos los Racismos).↩︎

  8. Este mensaje se refiere a unas hojas escritas a bolígrafo que un investigador encontró en los años 60 entre los papeles de Ana Frank. Este elemento alimentó regularmente la teoría conspirativa de un falso diario.↩︎

  9. ¿Quién traicionó a Ana Frank?, de Rosemary Sullivan, explica cómo el notario judío Arnold van den Bergh habría revelado el escondite de Ana Frank en 1944 en Ámsterdam. Según el informe de los expertos, la investigación se basaba únicamente en hipótesis y en interpretaciones erróneas de las fuentes.↩︎

  10. Jan Karski, de Yannick Haenel, publicado el 3 de septiembre de 2009 en Éditions Gallimard.↩︎

  11. Rithy Panh, L’image manquante (La imagen ausente), estrenada en 2013, es una película poética en la que las imágenes de archivo alternan con figurillas de arcilla, como una búsqueda sin fin sobre el genocidio perpetrado por los Jemeres Rojos.↩︎

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