El expediente de este número está consagrado al tema «Judíos visibles/Judíos invisibles». Esta temática, o más bien esta realidad, ha acompañado a la historia y a la geografía de los judíos, tanto en los períodos felices como en los desdichados.
Podría incluso decirse que comenzó en los tiempos míticos de los hijos de Israel cuando aún estaban en Egipto, pues un midrash afirma que de Egipto salieron únicamente, entre los hijos de Israel, aquellos que no habían cambiado su nombre, su lengua y sus vestidos; es decir, los que conservaban una identidad judía visible.
A lo largo de su larga historia, los judíos, en ciertos períodos, se han escogido o bien han sido forzados a una posición de invisibilidad.
Fue el caso de los niños escondidos durante la Shoá en casas de particulares no judíos o en instituciones religiosas cristianas, como ocurrió en Francia.
Fue también el caso, por ejemplo, después de la Shoá, cuando bajo el efecto del trauma y del temor de que la persecución volviera a comenzar, muchos judíos cambiaron de nombre. Pero también en otros momentos, como por ejemplo entre las dos guerras en Francia, cuando en su deseo de ser aceptados por la sociedad circundante cambiaban su nombre al mismo tiempo que en ocasiones optaban por la religión mayoritaria; en la segunda mitad del siglo XIX, Heine escribió que la conversión era «el pasaporte de entrada en la sociedad», y más tarde, a comienzos del siglo XX, así sería el de Mahler. El mismo siglo XIX fue por lo demás «la belle époque del antisemitismo» en el teatro parisino, como nos lo ilustra Chantal Meyer-Plantureux en su contribución. Aquel antisemitismo que veía judíos por todas partes, ese delirio ilustrado antes de la guerra en publicaciones como Je suis partout.
Durante las persecuciones que precedieron y siguieron a la expulsión de los judíos de España, surgió el fenómeno de los marranos, judíos oficialmente convertidos pero que conservaban en secreto la fe y las prácticas judías. Livia Parnès consagra en este número un artículo a los marranos portugueses, quienes a lo largo de los siglos se dispersaron por todo el globo, conservando siempre su memoria.
Más cerca de nosotros, hubo y sigue habiendo el delirio antisemita que ve judíos por todas partes y la mano de los judíos en todo. Basta evocar Los Protocolos de los Sabios de Sión, aparecidos hace más de cien años, que ven la mano y el poder de los judíos detrás de todos los fenómenos que ocurren en el mundo, y que aún hoy llevan una brillante carrera con nuevas ediciones, en particular en ciertos países árabes.
En todas partes, por lo demás, los antisemitas buscan descubrir judíos ocultos, como aquellos que llevaban un registro de los cambios de nombre.
Pero no olvidemos a esos judíos que han elegido una visibilidad extrema, como esos jasidim que llevan el sombrero de piel y el vestido negro de seda (que datan del siglo XVII de la Europa del Este), o incluso el uso de la kipá, que no apareció sino en la Edad Media.
Tras abordar la temática en la historia, una segunda parte del número evoca este tema en la filosofía y en la actualidad.
Ha habido, e incluso hay todavía, una invisibilización de los judíos en la realidad colectiva, en el presente, como nos lo muestra Evelyn Torton Beck en el movimiento feminista estadounidense. Pero hay, más globalmente, una invisibilización colectiva de los judíos en cuanto a su contribución a la historia de Francia, como lo muestra aquí Paul Salmona.
Lola Lafon, en una entrevista con Brigitte Stora a propósito de una noche pasada en el Museo Ana Frank, muestra que tras la universalización de la figura de Ana Frank hubo a menudo un deseo de borrar el hecho de que era una muchacha judía.
Emmanuel Levine, en un trabajo consagrado a las formas de la invisibilidad judía en Levinas, muestra en particular que para este último «la visión del rostro no sería la representación de unos rasgos faciales, sino la sensibilidad ante los sufrimientos injustos que afligen a los otros».
En un diálogo profundo con Philippe Zard, el rabino Rivon Krygier examina los diversos aspectos de la elección voluntaria de la visibilidad o de la invisibilidad por parte de los judíos, tanto en el mundo antiguo como en nuestro mundo contemporáneo: entre código vestimentario y discurso hacia los demás. ¿Qué equilibrio entre espacio privado y espacio público?
Como en cada uno de los números de PLURIELLES, una parte de la temática abordada concierne a los ámbitos de la literatura y del arte, con un trabajo de Cécile Rousselet sobre la comparación entre la invisibilidad del esclavo y la del judío en André Schwarz-Bart; la complejidad de la judeidad en Romain Gary bajo el aspecto visibilidad/invisibilidad es abordada por Anny Dayan Rosenman. Mientras que Itzhak Goldberg examina los desafíos que representó, a comienzos del siglo XX, el paso del arte figurativo al no figurativo, con sus implicaciones en la problemática del mundo visible y del mundo invisible.
Una última parte del expediente está constituida por testimonios que ilustran la complejidad de nuestra problemática. Céline Masson muestra las implicaciones psicológicas del hecho de recuperar el nombre de origen, para quienes han heredado un nombre cambiado por diversas razones. Mientras tanto, Nadine Vasseur nos describe la vivencia de un niño cuyo padre acaba de cambiar su nombre judío —y, por tanto, el nombre de su hijo— por uno común, permitiéndole fundirse en la multitud. Carole Ksiazenicer-Matheron nos relata la historia de su padre cuando el régimen de Vichy había decidido fichar a los judíos mediante un cuestionario autodenunciatorio.
Y Jean-Charles Szurek nos cuenta la apasionante historia de Romuald Jakub Weksler-Waszkinel, quien, al pasar de un nombre judío a un nombre polaco no judío durante la guerra, pasó al mismo tiempo del estado de judío al de sacerdote católico, para, al final, recuperar años más tarde su condición de judío… en Israel.
Por último, fuera del expediente, Simon Wuhl nos muestra, a través de un estudio de Michael Walzer, cómo para este último el judaísmo, captado como cultura, es portador de un universalismo.
Buena lectura.